Mariana tomó su bolsa y subió corriendo por las escaleras. Ricardo se quedó en la sala, mirando el plato de Bruno, como si hasta entonces entendiera la crueldad exacta de lo que había hecho.
Los invitados empezaron a disculparse.
Uno por uno.
—Perdón, Ernesto.
—No debí reírme.
—No sabía.
Don Ernesto escuchó todo, pero no respondió mucho.
Hay disculpas que llegan tarde y aun así deben escucharse.
A las 5:40 de la tarde, Ricardo salió con 3 maletas, 2 cajas y la cara endurecida por una vergüenza que todavía parecía rabia. Mariana ni siquiera se despidió. Pidió un taxi y se fue primero.
Antes de cruzar la puerta, Ricardo volteó.
—Mamá no habría querido esto.
Don Ernesto sintió que esa frase le atravesaba el pecho.
Luego miró hacia la foto de Clara sobre la repisa. Ella sonreía con su vestido azul, joven para siempre, sosteniendo una maceta de albahaca.
—Tu mamá tampoco habría querido verme comiendo croquetas en mi cumpleaños.
Ricardo bajó los ojos.
Por primera vez en años, no tuvo respuesta.
Cuando la puerta se cerró, la casa quedó en silencio otra vez.
Pero ahora era distinto.
Don Ernesto caminó hasta la cocina, lavó una taza, preparó café y abrió las ventanas. El aire de la tarde entró moviendo suavemente las cortinas.
En el comedor aún estaba el pastel de tres leches, partido de forma desigual. Don Ernesto cortó una rebanada pequeña, la puso en un plato limpio y se sentó en la silla de la cabecera.
Su silla.
La de Clara quedó vacía a su lado.
—Feliz cumpleaños, viejo —murmuró.
No sonrió de inmediato.
Primero lloró.
Lloró por la esposa que ya no estaba.
Por el hijo que había perdido sin enterrarlo.
Por los años en que confundió amor con permiso para ser maltratado.
Y cuando terminó, tomó un bocado de pastel.
Al día siguiente, Doña Lupita tocó la puerta con pan dulce.
La semana siguiente, Samuel lo acompañó al banco.