—La escritura de esta propiedad está únicamente a nombre de Ernesto Salgado. No existe cesión, donación ni poder vigente a favor del señor Ricardo.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Soy su hijo! ¡Esta casa algún día será mía!
Don Ernesto cerró los ojos.
Por un instante, no vio al hombre furioso frente a él, sino al niño que corría por el pasillo con las rodillas raspadas, gritando “papá, mira”. Vio a Clara sirviéndole chocolate caliente. Vio cumpleaños con globos baratos. Vio todo lo que había amado.
Y le dolió.
Porque la justicia no borra el amor.
Solo lo obliga a ponerse de pie.
—Esa fue mi tragedia, Ricardo —dijo despacio—. Creer que por ser mi hijo tenías derecho a destruirme.
Ricardo bajó la voz.
—Papá, podemos arreglar esto.
—Ya lo arreglé.
Mariana dio un paso atrás.
—¿Qué quiere decir?
Don Ernesto tomó otro sobre.
—Anoche, después de cancelar las tarjetas, cambié mi testamento. La casa queda en fideicomiso. Cuando yo muera, se venderá y el dinero irá a la fundación donde Clara fue voluntaria, para apoyar adultos mayores abandonados por sus familias.
Ricardo se quedó sin color.
—No puedes hacerme eso.
—Sí puedo.
—¡Soy tu sangre!
—Y aun así me serviste comida de perro.
La frase cayó sobre la sala como una piedra.
Doña Lupita empezó a llorar en silencio. Una de las tías se cubrió la boca. Martín no levantaba la mirada.
Pero Mariana no iba a rendirse.
—Esto no se va a quedar así. Podemos demostrar que usted no está bien. Tenemos videos. Tenemos testigos de que se altera.
Don Ernesto asintió.
—Lo imaginé.
Sacó su celular y reprodujo un audio.
Era la voz de Mariana, grabada la noche anterior mientras ella se reía en la cocina, sin saber que el celular de Don Ernesto estaba sobre el aparador.
—Cuando lo metamos a Camino Dorado, tú lloras tantito frente a tus tías y dices que no pudiste más. Yo me encargo de hablar con la trabajadora social. Después vendemos esta casa vieja y nos vamos a Querétaro. Pero primero hay que hacerlo quedar como loco. Lo de hoy estuvo perfecto.
El silencio se volvió insoportable.
Ricardo miró a Mariana como si el piso se hubiera abierto.
—¿Por qué dijiste eso?
—¡Porque era el plan! —gritó ella, desesperada—. ¡No te hagas el santo ahora!
Y ahí se rompió todo.
Ricardo intentó acercarse a su padre.
—Papá, yo… yo no sabía que ella iba a decirlo así.
Don Ernesto levantó una mano.
—Sabías lo suficiente.
El licenciado Arriaga guardó los documentos.
—También se levantará denuncia por uso indebido de tarjetas, falsedad en declaraciones y posible intento de despojo. Don Ernesto ya solicitó cambio de cerraduras y medidas de protección.
Ricardo soltó una risa amarga.
—¿Me vas a correr?
Don Ernesto respiró hondo.
—Tienes hasta las 6 de la tarde para sacar tus cosas.
—¿Y adónde quieres que vaya?
—A trabajar, Ricardo. Como todos.