—Natalia, no hagas esto aquí —dijo mi tío Ernesto con la voz tranquila que usaba cuando quería controlar la situación.
Lo miré, con el champán aún goteando de mi manga al suelo.
—¿Qué hago? ¿Descubro que el gerente miente, que su prometida humilla a los huéspedes y que tú sabes más de lo que dices?
Apretó la mandíbula.
—Estás molesta.
—Estoy mojada. No te dejes engañar.
La mujer se cruzó de brazos. —No sabía quién era. Diego me dijo que la familia Salazar solo estaba invirtiendo, que él era quien tomaba las decisiones.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Valeria Montes.
El nombre me llamó mucho la atención.
Montes Events.
Una empresa nueva y muy cara, aprobada hace unos meses como proveedora oficial del hotel para la decoración de bodas, galas y eventos especiales.
Miré a Diego.
Bajó la mirada.
"Oficina administrativa. Ahora", dije.
Subimos al segundo piso. Martha cerró discretamente la puerta de la sala para que nadie pudiera salir con archivos, equipo o documentos. Fui primero porque mi abuela siempre decía que en tu propia casa nunca debes dejar que el culpable conduzca.
La oficina olía a madera vieja y café. En la pared colgaba una foto de Doña Mercedes Salazar, mi abuela, del día en que compró el edificio cuando aún estaba abandonado tras el terremoto. Llevaba casco, falda larga y una mirada que podía derribar paredes.
Diego abrió su computadora portátil con manos temblorosas.
"Acuerdos con proveedores", ordené.
"Natalia, podemos hablar de esto mañana".
"Ahora".
Abrió una carpeta.
Montes Eventos tenía tres contratos vigentes: decoración para galas, arreglos florales mensuales y ambientación de temporada para tres hoteles del grupo.
Total: 9.8 millones de pesos.
Aprobado por Diego Rivas.
Revisado por Ernesto Salazar.
Y finalmente, mis iniciales.
NS.
Pero nunca vi esos contratos.
Sentí un frío puro y peligroso.
—¿Quién firmó mis iniciales?
Nadie habló.
Valeria rompió a llorar. —Diego, dime que esto no es lo que parece.
Se dejó caer en la silla.
Mi tío se dirigió a la puerta.
Ten cuidado con lo que sugieres, Natalia.
Levanté el teléfono y llamé a Clara, la auditora corporativa que había trabajado con mi abuela desde antes de que yo naciera.
—Clara, tienes que venir a Santa Lucía esta noche. Lleva contigo a tus abogados y contadores.
—¿Qué pasó?
—Todo empieza con los sucesos de Montes.
Diego cerró los ojos.
Valeria se tapó la boca.
Mi tío Ernesto me miró con una furia que jamás se había permitido. —No sabes lo que construyó tu abuela —dijo.
—No —respondí, al ver mis iniciales falsificadas en la pantalla—. Pero esta noche descubriré lo que intentaste ocultar.
Antes de irse, Ernesto dijo algo que me dejó sin aliento:
—Si tiras de este hilo, te llevarás a tu propia madre contigo.
Y entonces comprendí que la verdad era mucho peor de lo que había imaginado.
PARTE 3
A las dos de la madrugada, el Gran Hotel Santa Lucía tenía dos caras.
Abajo, la gala continuaba como si nada hubiera pasado. Música suave, copas llenas, hombres de negocios sonriendo con excesiva amabilidad, flores blancas en jarrones dorados y camareros paseando con un miedo oculto tras una fachada de cortesía.
Arriba, en la oficina, se registraba la historia de mi familia en hojas de cálculo.
Llegó Clara con dos contables, un abogado y esa aterradora calma de quienes llevaban años sospechando el desastre. No preguntó por mi chaqueta manchada. Simplemente miró a Diego.
"Acceso."
Intentó retrasarlo todo.
Clara ni pestañeó.
"Me darás las contraseñas como colaboradora, o las reclamaré legalmente para impedirlo. En cualquier caso, me pagarás."
Diego entregó las llaves.
La primera era Montes Eventos. Facturación excesiva. Cargos duplicados. Decoraciones facturadas dos veces por servicios diferentes. Arreglos florales por valor de ciento veinte mil pesos, que, según las fotos internas, no valían ni la mitad.
Valeria juró que no sabía nada de contabilidad. Apenas le creí. Sabía que Diego tenía poder. Sabía que sus contratos se adjudicaban sin concurso. Sabía que nadie le había pedido explicaciones.
Él no era el cerebro detrás del fraude.
Pero tampoco era inocente.
A las tres y diecisiete, Clara encontró una cuenta privada.
Era Consultoría Bahía Clara, registrada en Monterrey a nombre de uno de los primos de Diego.
Tres proveedores depositaron dinero en su cuenta: Montes Eventos, Textiles del Norte y Remodelaciones Aranda.
Sobornos.
Moches.
Dieciocho meses.
El primer monto confirmado fue de once millones cuatrocientos mil pesos.
Diego se cubrió el rostro.
“Se suponía que yo debía arreglarlo”, murmuró.
Solo reí una vez, sin alegría.
“¿Arreglarlo? ¡Robaste el hotel de mi abuela!”.
“Yo también construí este lugar”.
“No. Te pagaron para administrar lo que…