«Que llegue puntual, que estudie, y le pagaré cada semana», dijo Don Evaristo. «No es mucho al principio, pero es un trabajo honesto».
Daniela le dio esa oportunidad.
Verónica aceptó solo porque Doña Carmen insistió en que así se callaría la gente.
Esto duró dos días.
El tercero regresó y arrojó sus zapatos a la entrada.
«¡Ese viejo cree que soy de su propiedad! Me dijo que estuviera allí a las 8. Nadie me trata como a una sirvienta».
A partir de entonces, salía cada mañana diciendo que iba a «buscar un negocio» con unas amigas. Luis le prestó su camioneta. Verónica hablaba de invertir en cosméticos, vender por catálogo y recuperar su independencia.
Pero algo no le cuadraba.
Una tarde, Daniela fue a entregar una factura cerca del mercado de La Cruz y vio la camioneta de Luis aparcada frente a una cantina discreta, de esas sin un gran letrero, solo con música suave y ventanas tintadas. Se puso una máscara y gafas de sol. Entró, fingiendo buscar a alguien.
Era Verónica.
No estaba con amigos. No estaba haciendo negocios.
Estaba sentada en una mesa con tres hombres, jugando a las cartas, fumando y contando billetes. Uno de ellos, el más joven, le acariciaba la mano con una familiaridad que no necesitaba explicación.
Daniela grabó unos segundos con su celular y se marchó temblando.
Esa noche, antes de regresar a casa, recibió una llamada de Don Evaristo.
«Daniela, cuídate. Ya me han dicho quién es esta chica. No la despidieron por ser una víctima». La despidieron porque empeñó los papeles de su marido, perdió dinero en el casino y tenía deudas con gente de dudosa reputación.
Daniela sintió un escalofrío terrible.
Entonces Don Evaristo dijo algo aún peor:
"Y si vive en tu casa, tarde o temprano vendrán y se lo llevarán".
Daniela miró la fachada de su casa, la luz encendida en la sala y la sombra de Verónica riendo dentro.
Y supo que la verdad estaba a punto de salir a la luz…
PARTE 3
Daniela esperó a que Emiliano se durmiera.
No quería que su hijo escuchara otra discusión. Ya había visto demasiadas miradas hostiles, demasiados portazos, demasiadas veces su madre conteniendo las lágrimas.
Se sentó a su lado unos minutos. Le acomodó la manta de dinosaurios, le quitó el cochecito de juguete de la mano y escuchó su respiración tranquila. En el patio, Bruno, el perro, se movía de vez en cuando, como si él también presintiera algo siniestro cerca de la casa.
Daniela bajó las escaleras con el celular en la mano.
Luis estaba en la cocina, tomando café frío, todavía con su uniforme de la ferretería. Parecía cansado, pero también tenía la terquedad de quien se niega a admitir un error.
—Tenemos que hablar —dijo Daniela.
Luis suspiró.
—Si es mi hermana otra vez…
—Sí. Es tu hermana. Y esta vez lo oirás todo.
Le mostró el video.
Luis lo observó en silencio.
Al principio, frunció el ceño, como si no entendiera. Luego acercó el teléfono. La risa de Verónica se oía con total claridad. También vio su mano recogiendo los billetes de la mesa, al joven acariciándole los dedos, las cartas, el humo y la camioneta estacionada frente a la casa.
—Eso es imposible —murmuró Luis.
Daniela no respondió.
Volvió a reproducir el video.
Luis se pasó la mano por la cara.
—Tal vez… tal vez solo estaba allí por casualidad.
Daniela lo miró con profunda tristeza.
“Luis, por favor. No me insultes intentando justificar lo que ves.”