PARTE 1
—Si esto es la cena, mejor dáselo al perro antes de que nos enfermes a todos —dijo Verónica, apartando el plato con la punta de los dedos, como si estuviera en un restaurante de Polanco, no en la mesa donde Daniela llevaba años sirviendo comida a su familia.
Daniela permaneció inmóvil, cuchara en mano.
Eran casi las 9 de la noche. Llevaba desde las 5 de la mañana abriendo la ferretería que regentaba con su marido en Querétaro: descargando cajas de tornillos, atendiendo a los proveedores, cobrando facturas vencidas, apilando cubos de pintura y, entretanto, recogiendo a Emiliano, su hijo de 6 años, del colegio.