Hay pérdidas que no se superan, solo se aprenden a cargar. Eso pensaba una mujer que, hace quince años, se despidió de su hijo Howard, un niño de apenas cuatro años. Los médicos hablaron de una infección repentina, veloz, imposible de detener. Ella firmó papeles entre lágrimas, escuchó a una enfermera que le sugería no mirar demasiado tiempo el cuerpo de su hijo, y se aferró a la idea de recordarlo como era en vida.
Aquella noche, una fuerte tormenta había afectado los sistemas del hospital. Todo se manejaba a mano: pulseras, planillas, confianza. Nadie imaginaba lo peligrosa que podía ser esa fragilidad administrativa.