El abogado de mi ex se inclinó hacia él y le susurró cinco palabras. Solo cinco.
Y la cara de Víctor —esa cara engreída que vi durante quince años al otro lado de nuestra mesa— se quedó blanca. Las manos le temblaron. Los papeles que firmaba con tanta emoción vibraban como si fueran hojas en una tormenta.
Y yo… yo sonreí. Por primera vez en tres años.