Tomé la nota.
Le respondí a mano.
«Elena,
siempre seré tu madre. Pero ya no seré tu cuenta bancaria, tu seguridad, tu paracaídas ni tu chivo expiatorio.
Cuando quieras hablar conmigo sin pedirme dinero, sin amenazas y sin mentiras, puedes escribirme.
En cuanto al olor del hospital, tenías razón en una cosa: algunas cosas se quedan contigo.
El olor a miedo se me quedó grabado.
Espero que la carga de lo que hiciste se quede contigo.
Quizás algún día ambas estemos limpias.
Pero no en la casa que llamabas tuya cuando yo era la que la pagaba».
La firmé: «Mamá».
La envié.
Después de esa carta, Elena desapareció durante casi un año.
Continué vigilándola. Algunos resultados me hicieron temblar, otros me dieron esperanza. Cada vez