PARTE 2
Alejandra no pudo moverse.
Su cuerpo estaba ahí, en aquella silla de madera, pero su mente había regresado a todas las noches en casas ajenas donde lloró preguntándose por qué nadie había vuelto por ella.
La mujer se acercó despacio.
—Soy Isabel Monteverde —dijo con la voz rota—. Soy tu mamá.
Alejandra quiso decir algo.
Quiso gritar.
Quiso preguntar por qué.
Pero lo único que salió de su boca fue un hilo de voz.
—A mí me dijeron que estabas muerta.
Isabel cayó de rodillas frente a ella sin importarle el piso del juzgado ni los ojos encima.
—Y a mí me dijeron que tú habías muerto en un incendio.
Alejandra se quedó sin aire.
La mujer mayor del abrigo azul, que se llamaba Rosario, se acercó también.
—Yo era enfermera en la clínica donde naciste. Durante años pensé que no podía hablar, pero cuando vi tu foto en una nota sobre el divorcio de Ricardo Aranda, supe que eras tú.
Ricardo dio un paso atrás.
—Esto es una locura —dijo, intentando reír—. Señora, no puede llegar aquí con un cuento de telenovela.
Uno de los abogados de Isabel lo miró con calma.
—Señor Aranda, le conviene guardar silencio.
Fernanda apretó el brazo de Ricardo.
—¿Qué está pasando?
El abogado sacó una carpeta negra.
—Lo que está pasando es que la señora Alejandra Torres, registrada originalmente como Mariana Isabel Monteverde, es la heredera legal del Grupo Monteverde.
Un murmullo explotó en la sala.
Ricardo perdió el color.
Grupo Monteverde no era cualquier cosa.
Era una de las familias más poderosas del país, dueña de hoteles, hospitales privados, constructoras y fondos de inversión.
Alejandra miró a Isabel como si no entendiera el idioma.
—No… no puede ser.
Isabel tomó sus manos.
—Te busqué por todos lados, mi amor. En hospitales, orfanatos, registros civiles, panteones. Me dijeron que había cenizas. Me entregaron una acta falsa. Tu papá murió de tristeza 3 años después.
Alejandra sintió una punzada tan fuerte que se dobló sobre su vientre.
—Mi papá…
—Se llamaba Gabriel —susurró Isabel—. Y te amaba más que a su vida.
Ricardo intentó recuperar el control.
—Muy conmovedor todo, pero esto no cambia la sentencia. Mi divorcio ya terminó.
El abogado de Isabel sonrió apenas.
—Al contrario. Cambia absolutamente todo.
La jueza, que todavía no se había alejado del pasillo, regresó al escuchar el escándalo.
—¿Qué sucede aquí?
El abogado se presentó y colocó documentos sobre la mesa.
—Señoría, solicitamos que se agregue de forma urgente esta información al expediente. Hay indicios graves de fraude, ocultamiento patrimonial y posible violencia económica contra una mujer embarazada.
Ricardo soltó una carcajada falsa.
—¿Violencia económica? Ella firmó todo.
—Firmó un documento sin asesoría, bajo dependencia económica total y con información falsa —respondió el abogado—. Además, hay algo más interesante.
Fernanda palideció.
El abogado abrió otra carpeta.
—El señor Aranda recibió, durante los últimos 3 años, inversiones encubiertas de una cuenta ligada al fideicomiso Monteverde. Dinero que él utilizó para levantar su empresa, comprar la casa de Las Lomas y pagar la supuesta expansión de sus oficinas.
Ricardo se quedó rígido.
Alejandra lo miró.
—¿Qué?
Isabel apretó la mandíbula.
—Cuando seguía buscándote, contraté investigadores privados. Uno de ellos encontró rastros de una mujer joven con tu marca de nacimiento, pero la pista se perdió cuando te casaste con él.
El abogado continuó:
—Creemos que el señor Aranda supo hace más de 1 año quién era realmente Alejandra.
Fernanda retrocedió.
—Ricardo…
Él la miró furioso.
—Cállate.
Pero ya era tarde.
Rosario sacó una memoria USB.
—Hay grabaciones.
El silencio se hizo pesado.
La jueza ordenó que se llamara al secretario.
Minutos después, en una computadora del juzgado, se escuchó la voz de Ricardo.
—Mientras Alejandra no sepa quién es, todo queda bajo control. Si aparece la familia Monteverde, Fernanda, tú dices que no sabías nada. Cuando nazca la bebé, vemos cómo negociar.
Alejandra sintió que el piso se abría.
Fernanda empezó a llorar.