PARTE 1
El golpe del mazo sonó seco en la sala 4 del Juzgado Familiar de la Ciudad de México.
Y con ese sonido, a Alejandra Torres se le cayó el mundo encima.
La jueza acomodó sus lentes, revisó la última hoja del expediente y habló con una frialdad que parecía no pertenecerle a una mujer mirando a otra con 8 meses de embarazo.
—Después de analizar las capitulaciones matrimoniales y el régimen de separación de bienes, este juzgado determina que la señora Alejandra Torres no tiene derecho sobre la casa, las cuentas, las acciones ni los activos empresariales del señor Ricardo Aranda.
Alejandra apretó ambas manos sobre su vientre.
Su bebé se movió bajo el vestido azul claro que apenas alcanzaba a cubrirle la panza.
—Tampoco procede pensión compensatoria —continuó la jueza—. La señora Torres deberá desocupar el domicilio conyugal hoy mismo antes de las 6:00 p.m.
El aire le faltó.
Tenía 25 años.
No tenía casa.
No tenía ahorros.
No tenía familia esperando afuera.
Y, según aquella sentencia, tampoco tenía futuro.
Ricardo Aranda estaba de pie del otro lado de la sala con un traje gris a la medida, zapatos italianos y una sonrisa de hombre satisfecho.
No parecía un esposo terminando un matrimonio.
Parecía un empresario celebrando que acababa de cerrar el negocio más sucio de su vida.
A su lado estaba Fernanda Luján.
Su asistente ejecutiva.
Su amante.
Y ahora, sin esconderlo, su nueva pareja.
Fernanda llevaba un vestido beige carísimo y una cara falsa de lástima, de esas que dan más coraje que un insulto directo.
Alejandra bajó la mirada.
El olor a café viejo, papeles húmedos y perfume caro le revolvió el estómago.
Su abogada se inclinó hacia ella.
—Lo siento mucho, Alejandra. Ese acuerdo estaba blindado. Firmaste cuando todavía no tenías representación legal y Ricardo lo usó todo a su favor.
Alejandra no respondió.
Recordó el día en que Ricardo le pidió que dejara su trabajo en una agencia de marketing.
—Mi amor, ya no necesitas desgastarte —le había dicho él, acariciándole la mejilla—. Yo voy a cuidar de ti y de nuestra familia.
En ese momento sonó romántico.
Ahora entendía que nunca había sido amor.
Había sido una jaula con paredes de mármol.
Ella había crecido en casas hogar del Estado de México, pasando de una familia temporal a otra, aprendiendo desde niña que nada era suyo por mucho tiempo.
Le habían dicho que su mamá había muerto cuando ella tenía 6 años.
Le habían dicho que no había nadie más.
Por eso, cuando Ricardo apareció con flores, cenas en Polanco y promesas de estabilidad, Alejandra creyó que por fin alguien la elegía.
Qué mensa, pensó con dolor.
La sala empezó a vaciarse.
La abogada de Alejandra recogió sus papeles, se disculpó otra vez y salió casi corriendo, como quien no quiere presenciar la ruina de una clienta.
La jueza se retiró.
Los secretarios bajaron la voz.
Alejandra se quedó sentada.
Congelada.
Entonces escuchó pasos acercándose.
No necesitó mirar.
Ricardo se inclinó junto a ella.