En el funeral de mis mellizos, mi esposo llegó con su amante, me llamó mala madre frente a sus ataúdes… y cuando le pedí que callara, me golpeó y susurró: “Habla otra vez, y te vas con ellos.”

En el funeral de mis mellizos, mi esposo llegó con su amante, me llamó mala madre frente a sus ataúdes… y cuando le pedí que callara, me golpeó y susurró: “Habla otra vez, y te vas con ellos.”

PARTE 1

—Dios se llevó a esos niños porque sabía la clase de madre que tenían.

La voz de Raúl atravesó la capilla como una navaja.

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Mariana no volteó de inmediato. Tenía las manos apoyadas sobre el ataúd blanco de Mateo, tan pequeño que parecía una caja de juguetes robada por la muerte. A su lado, el ataúd de Lucía estaba cubierto con rosas blancas, las mismas que ella había elegido sin recordar después haberlas elegido.

El velorio era en una funeraria de Coyoacán, una tarde gris, con olor a cera, café recalentado y flores demasiado frescas para tanto dolor. Los murmullos se apagaron cuando Raúl entró por el pasillo central vestido de negro, impecable, con la corbata floja y una sonrisa torcida.

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No venía solo.

Tomaba del brazo a Ivonne, su amante, una mujer de labios rojos y vestido ajustado que caminaba como si aquella capilla fuera un restaurante de Polanco y no el lugar donde dos niños de 6 años iban a ser despedidos.

Mariana sintió que el piso se movía.

Alguien susurró:

—No puede ser tan descarado.

Raúl se acercó hasta quedar frente a ella. Olía a whisky caro, a loción fuerte y a una tranquilidad que no pertenecía a un padre enterrando a sus hijos.

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—Mírate —dijo él, apenas moviendo los labios—. Ni llorar sabes bien.

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Mariana apretó los dedos contra la madera. Llevaba 3 noches sin dormir, 3 días sin comer, 3 semanas respirando como si cada bocanada tuviera espinas.

—Raúl, por favor —susurró—. Hoy no. Solo guarda silencio hoy.

La bofetada sonó más fuerte que el llanto de su madre.

Mariana giró con el golpe y su sien chocó contra la esquina del ataúd de Lucía. El sonido seco hizo que varias personas gritaran. Una línea tibia de sangre le bajó por la frente.

Raúl la tomó del cabello, se inclinó junto a su oído y murmuró:

—Vuelves a abrir la boca y te vas con ellos.

Ivonne sonrió.

No una sonrisa completa. Apenas una mueca pequeña, satisfecha, como quien por fin ve caer una deuda.

Mariana no gritó. No se defendió. Solo levantó los ojos hacia la puerta de la capilla.

Y entonces las puertas se abrieron.