El nombre le heló la sangre. Marla había sido enfermera en el hospital donde Howard supuestamente murió. Siempre serena, siempre amable, siempre insistiendo en que descansara y confiara en el personal. Lo que en su momento pareció ternura, ahora sonaba a ensayo.
Le habló a Eli de su hijo: sus risas, sus gestos, la manera en que llamaba a las palomas “gallinas de ciudad”, y por supuesto, la marca de nacimiento. El joven se quedó inmóvil. Le confesó que su madre siempre le decía que esa marca venía de “la mala suerte de su familia verdadera”, un tema que ella evitaba a toda costa.