Howard tenía una pequeña marca de nacimiento debajo de la oreja izquierda. Pequeña, ovalada, irregular. Su madre solía besarla cada noche antes de dormir. Con el tiempo, ella se mudó a un pueblo pequeño, comenzó a trabajar en una cafetería y aprendió a vivir con el dolor, aunque nunca lo llamó sanación.
Un día, en medio de un turno común, un joven de unos diecinueve o veinte años se acercó al mostrador y pidió un café negro. Nada llamaba la atención hasta que inclinó levemente la cabeza. Y ahí estaba: la misma marca, en el mismo lugar, con la misma forma.
Las manos le temblaron mientras preparaba el pedido. Se dijo a sí misma que era una coincidencia, que el duelo a veces inventa señales. Pero cuando le entregó la taza, el joven la observó y dijo algo desconcertante: “Espera… yo te conozco. Estás en una fotografía”. Antes de que ella pudiera responder, él tomó su bebida y se marchó.
Un nombre, una madre, una sospecha
Esa noche, revisó el sistema de pedidos. El joven se llamaba Eli. Al día siguiente regresó, y ella se armó de valor para pedirle una conversación. Él le contó que había visto, años atrás, una foto en la que ella sostenía a un niño, y que su madre se había puesto nerviosa al notarlo mirándola.
—¿Cómo se llama tu madre? —preguntó ella.
—Marla —respondió él.