Una paciente me pidió que llamara a su esposo. Tomé su teléfono… y el nombre que vi era el de mi propio marido.

Una paciente me pidió que llamara a su esposo. Tomé su teléfono… y el nombre que vi era el de mi propio marido.
Parte 2: Rodrigo entró con una bolsa de pan dulce y una sonrisa ensayada.
—Pensé que te gustaría desayunar conmigo.
Valeria cerró la laptop con calma, aunque por dentro sentía que se desangraba.
—Qué raro. Dijiste que volverías mañana.
Él la miró un segundo de más.
—Se canceló la junta.
El silencio entre los 2 fue una mesa llena de cuchillos. Valeria no dijo nada. No todavía. Había aprendido en urgencias que, cuando una herida era profunda, no se metían las manos sin saber primero dónde estaba la sangre.
Esa tarde llamó a Nadia, su amiga del hospital, y a una abogada llamada Lucía Armenta, famosa por no temblar ante hombres con dinero. En menos de 48 horas tenían contratos, recibos, transferencias y una renta en San Pedro Garza García. El departamento estaba a nombre de Rodrigo. En el expediente aparecían 2 dependientes: Mateo, 4, y Renata, 2.
Valeria miró la pantalla sin parpadear.
—El niño tiene 4 —dijo Nadia.
—Rodrigo y yo llevamos 3 años casados.
Nadia se quedó muda.