Entonces Valeria comprendió algo peor que la infidelidad: Rodrigo no había caído en una aventura. Él ya tenía una vida antes de casarse con ella. Ella había sido el adorno respetable para su familia de Ciudad de México, la esposa enfermera, decente, sacrificada, la mujer que podía llevar a las comidas de domingo mientras escondía a Marisol Ortega y a sus hijos en Monterrey.
Valeria viajó al norte el siguiente fin de semana. Rodrigo le dijo que iría a Guadalajara por un proyecto. Ella tomó un vuelo a Monterrey con Nadia.
Esperaron dentro de un coche rentado frente al edificio. A las 5 de la tarde salió Marisol con 2 niños. Mateo llevaba una playera del América y un dinosaurio de plástico. Renata caminaba tambaleándose, agarrada del vestido de su madre. Marisol se agachó, le limpió la cara a la niña con una servilleta y la besó en la frente.
Valeria esperaba sentir odio. Pero sintió otra cosa. Dolor. Porque Marisol no parecía una amante escondida. Parecía una mujer que también creía haber sido elegida.
Esa noche, Valeria la llamó.
—Marisol, soy Valeria Gómez. Fui la enfermera que la atendió en urgencias.
Hubo un silencio.
—Sí, claro. Usted fue muy amable.
—Necesito decirle algo difícil. Le pido que me escuche hasta el final.
Valeria habló durante 9 minutos. No insultó. No lloró. Enumeró fechas, vuelos, correos, rentas, mentiras. Al terminar, Marisol apenas respiraba.
—Él me dijo que su esposa era solo en papel —susurró—. Que usted no lo amaba. Que estaban separados.
—Yo soy su esposa.
Del otro lado se oyó un golpe, tal vez una silla. Después, la voz de Marisol cambió. Ya no era una mujer confundida. Era una madre.
—Mis hijos llevan su apellido.
—Lo sé.
—¿Qué vamos a hacer?
—Lo correcto —dijo Valeria—. Y esta vez él no va a decidir por ninguna de nosotras.
El giro llegó 3 días después, en plena comida familiar en casa de los Salazar. Rodrigo estaba sentado entre sus padres, fingiendo normalidad, cuando Valeria puso sobre la mesa una carpeta con copias de todo. Su suegra abrió la primera hoja y palideció.
—¿Qué es esto?
Valeria miró a Rodrigo.
—Tu otra familia.
Marisol entró por la puerta con Mateo de la mano y Renata en brazos. Rodrigo se levantó tan rápido que tiró la silla.
—Vale, por favor, esto no es lo que parece.
Entonces Mateo sonrió al verlo y gritó:
—¡Papá!