PARTE 2: Por primera vez en toda la audiencia, Arturo Rivas no sonrió.
Solo apretó la mandíbula.
El juez Saldaña parpadeó.
—¿Usted es qué?
Mariana colocó la carpeta sobre la mesa con una calma que hizo temblar más a su padre que cualquier grito.
—Contadora forense certificada. Mi madre me contrató mediante un despacho externo 12 días antes de morir. El contrato está protegido por confidencialidad legal. Ella sospechaba desvíos no autorizados desde las cuentas de reserva de Grupo Rivas Montes.
Arturo soltó una carcajada demasiado fuerte.
—Esto es ridículo. Está desesperada.
—Entonces no tendrá problema en que se revise la carta de contratación —respondió Mariana.
El rostro de su padre cambió apenas un segundo.
Pero Mariana lo vio.
El abogado de Arturo, Ramiro Castañeda, se levantó de inmediato.
—Objeción, Su Señoría. Esta audiencia trata sobre la capacidad de la señorita Rivas para administrar un fideicomiso, no sobre rumores corporativos.
Mariana giró hacia él.
—Mi padre pidió que me retiraran como sucesora del fideicomiso alegando incapacidad financiera. Para hacerlo, presentó un aviso falso de despido, estados de cuenta alterados y una evaluación psiquiátrica firmada por un médico que jamás me ha visto.
Un murmullo cruzó la sala.
Diego se inclinó hacia adelante.
—Estás loca.
Mariana lo miró apenas.
—Tú cargaste 280,000 dólares en gastos personales a una tarjeta corporativa de mamá, Diego. Yo me quedaría muy callado.
La cara de Diego perdió color.
Arturo golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta!
—Señor Rivas —dijo el juez—, controle a su familia.
Pero Mariana notó algo extraño.
El juez no estaba molesto por el golpe de Arturo.
Estaba nervioso.
Mariana había visto antes el nombre de Saldaña, no en el expediente judicial, sino en una lista de proveedores.
Consultoría Integral del Golfo.
Una empresa que había cobrado 460,000 dólares en 18 meses por “evaluación de riesgos”. No tenía oficinas, empleados ni página web. Solo facturas aprobadas por Arturo y pagadas a través de una sociedad en Monterrey.
En el disco duro que Elena le entregó 3 días antes de morir, había una nota escrita en rojo:
“MARIANA, AVERIGUA QUIÉN ESTÁ DETRÁS.”