Parte 3
Cuando la policía arrestó a Iván en el dormitorio de invitados, Patricia todavía me tenía agarrada del pelo.
—¡Suéltela! —gritó la inspectora Vega desde arriba.
Patricia retrocedió, temblando.
—¡Ella lo preparó! ¡Clara está loca!
Vega bajó las escaleras con una tableta en la mano.
—Tenemos sus mensajes, señora Salvatierra. Las transferencias a la enfermera. La compra del sedante. Y este vídeo.
En la pantalla apareció Patricia golpeándome contra la barandilla.
Se escuchó su voz, clara, cruel:
“Demasiado torpe para cargar al heredero.”
Álvaro entró detrás de los agentes. Tenía los ojos rojos. No miró a su hermana como a una familia, sino como a una desconocida.
—Patricia… ¿qué hiciste?
Ella corrió hacia él.
—¡Lo hice por ti! ¡Por la empresa! ¡Esa mujer iba a quitárnoslo todo!
Yo me incorporé con ayuda de Vega.
—No, Patricia. Tú ibas a quitárselo todo a mi hijo.
Álvaro se arrodilló junto a mí.
—Clara, perdóname. Debí creerte.
Lo miré sin odio, pero sin debilidad.
—Sí. Debiste.
Patricia gritó cuando le pusieron las esposas. Iván, desde el pasillo, no dijo nada. Su traje caro no pudo ocultar el sudor ni el miedo.
Tres meses después, mi hijo nació sano en una clínica de Madrid. Lo llamé Mateo.
Patricia esperaba juicio por tentativa de homicidio, lesiones y conspiración. Iván perdió su licencia y su libertad. La enfermera confesó.
Yo asumí la tutela legal del patrimonio Salvatierra hasta que Mateo fuera adulto. Vendí la mansión.
Compré una casa luminosa, sin escaleras, con jardín de naranjos.
Una mañana, mientras Mateo dormía sobre mi pecho, Álvaro me preguntó:
—¿Ahora estás en paz?
Miré a mi hijo respirar.
Y sonreí.
—No. Ahora soy libre.