Parte 2
Dos días antes, fingí dormir mientras Patricia hablaba en el pasillo con Iván.
—El sedante la deja inútil —dijo él—. Solo necesitamos que parezca un accidente.
—¿Y el bebé?
—Si sobrevive, mejor. Álvaro firmará por culpa. Si no… también ganamos.
Sentí frío en los huesos, pero no lloré. Mi padre me enseñó algo antes de morir: “La gente cruel siempre habla demasiado cuando cree que ya ganó”.
Y Patricia hablaba mucho.
Durante años me llamó mantenida, débil, inútil. Nunca supo que yo había estudiado auditoría forense. Nunca supo que, antes de casarme con Álvaro, trabajé investigando fraudes corporativos para jueces mercantiles en Barcelona. Nunca supo que el testamento del patriarca Salvatierra no favorecía a Álvaro… sino al primer nieto legítimo, bajo mi tutela hasta su mayoría de edad.
Por eso querían romperme.
Al salir del hospital tras la cirugía de urgencia, activé mi plan. Envié copias de los mensajes a la inspectora Vega, una vieja amiga de mi etapa judicial. Instalé cámaras discretas. Grabé llamadas. Y cambié una pieza clave: la maleta de Iván.
No puse nada ilegal.
Puse algo peor para él: el frasco original de fentanilo hospitalario que él había robado, con sus huellas, su número de lote y el recibo de la enfermera que sobornó. La policía ya lo seguía. Yo solo dejé que caminara hacia su propia jaula.
Patricia no lo sabía.
Esa tarde, me empujó al salón delante de las criadas.
—Pobrecita Clara —dijo, acariciándome el hombro con veneno—. Siempre tan frágil.
Yo sonreí.
—Sí. Frágil.
Ella se inclinó a mi oído.
—Mañana te caerás por esas escaleras. Y todos dirán que fue culpa tuya.
La miré a los ojos.
—Entonces asegúrate de sonreír bien.
—¿Por qué?
—Porque las cámaras odian a las mentirosas nerviosas.