Ezequiel sacó una carpeta de piel y la puso sobre la mesa de la cocina como si colocara una sentencia.
—El plazo termina en 30 días. Sería una lástima que perdieras Los Sauces por no aceptar mi oferta.
Jacinto, que escuchaba desde la puerta, avanzó lentamente.
—¿Puedo revisar esos papeles?
Ezequiel lo miró con desprecio.
—¿Y usted quién es?
—Alguien que trabajó 40 años como contador. No muerdo documentos, los leo.
Marina quiso sonreír, pero la tensión se lo impidió.
Ezequiel entregó la carpeta con fastidio. Jacinto revisó fechas, porcentajes, recargos y firmas. Sus ojos, cansados pero atentos, se detuvieron en una cláusula añadida años después. Luego en otra. Finalmente cerró la carpeta.
—Aquí hay intereses mal calculados. Y esta modificación no parece firmada el mismo día que el contrato original.
Ezequiel endureció el rostro.
—Todo está legal.
—No dije lo contrario. Dije que está extraño.