Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

—Nuestro propio hijo nos dejó en la calle —concluyó Jacinto.

Marina sintió una rabia silenciosa.

—Lo siento mucho.

Jacinto miró sus manos.

—Lo peor no fue perder la casa. Lo peor fue preguntarnos cada noche qué hicimos mal para que nuestro hijo pudiera mirarnos como estorbo.

Aquellas palabras tocaron a Marina en un lugar profundo. Ella había perdido a sus padres de golpe; ellos habían perdido a un hijo que seguía vivo.

Esa misma noche, cuando todos dormían, Marina salió al corredor y miró la finca cubierta de niebla. Pensó que quizá los desconocidos que había encontrado en el granero no habían llegado por accidente.

Al día siguiente, un motor rompió la calma.

Una camioneta negra se detuvo frente a la casa. De ella bajó Ezequiel Barragán, el hombre más poderoso de la región. Tenía tierras, bodegas, contactos en el ayuntamiento y una paciencia venenosa para quedarse con lo que quería.

—Buenos días, Marina —dijo con una sonrisa fría—. Vengo a hablar de la deuda de tu padre.

Marina sintió que el estómago se le cerraba. La deuda existía, sí. Su padre había pedido dinero antes de enfermar, usando el rancho como garantía. Marina llevaba años pagando intereses, vendiendo queso, becerros y hasta muebles de su madre, pero el saldo nunca bajaba.