Por primera vez, Marina vio una sombra de incomodidad en los ojos del terrateniente. Ezequiel se levantó.
—Tienes 30 días, Marina. No llenes tu casa de viejos metiches si no puedes pagar tus deudas.
Cuando la camioneta se fue, Remedios apretó los labios.
—Ese hombre no quiere solo dinero.
Jacinto asintió.
—Quiere el rancho. La pregunta es por qué.
Esa noche, Marina sacó del almacén una caja vieja de su padre. Había facturas, mapas, recibos, libretas y papeles amarillentos. Jacinto los revisó hasta la medianoche.
Entonces encontró una nota escrita a mano, casi borrada por el tiempo: “Pozo viejo, lado norte del granero. Veta de agua confirmada. No registrar hasta resolver disputa con Barragán.”
Marina sintió frío.
—¿Veta de agua?
Jacinto levantó la mirada.
—Tu padre encontró algo bajo estas tierras. Algo que Ezequiel quizá lleva años queriendo.
En una región donde cada temporada seca era más cruel, una reserva de agua podía valer más que el propio rancho. De pronto, la insistencia de Ezequiel tenía sentido.