—Por favor, llévenselo.
Grant dio un paso hacia adelante. —Vivian…
Los guardias lo sujetaron de los brazos.
—Te arrepentirás —dijo, con la voz apagada—. ¿Crees que la muerte de tu padre me arruinará?
El señor Vale cerró el expediente. —Ya lo ha hecho.
Grant hizo una mueca. —Aún no ha terminado.
—No —susurré, sin dejar de mirar la habitación del bebé—. No ha terminado.
Después de que se lo llevaran, no lloré.
Quizás mi cuerpo ya no tenía fuerzas para llorar. Quizás la maternidad había convertido el dolor en algo aún peor. Me quedé tumbada bajo las mantas del hospital, escuchando las máquinas que contaban mis latidos, mientras tras el cristal, tres pequeñas vidas luchaban por sobrevivir.
Les puse nombre a la mañana siguiente.
Henry, como mi padre.
Luca, porque Grant una vez dijo que odiaba ese nombre, y de repente me sentí satisfecha.
Y Grace, porque para entonces ya entendía que la gracia no era dulzura. A veces, la gracia consistía en sobrevivir el tiempo suficiente para volverse peligrosa.
Los siguientes días transcurrieron poco a poco.
Extrayendo leche con manos temblorosas.
Firmando autorizaciones legales.
Aprendiendo a distinguir entre una alerta del monitor de oxígeno y su simple queja.
Vi los dedos de mi hija envolver los míos, tan pequeños que apenas rozaban mi piel.
El Sr. Vale venía todas las tardes.
Traía novedades, nunca demasiadas a la vez.
El acceso a las cuentas personales de Grant seguía restringido.
Se revisaron las acciones de su empresa.
Se descubrieron tres empresas fantasma.