—Y don Elías —dije— tendrá café.
Fui a la panadería. Don Elías casi dejó caer la charola cuando le conté.
—¡Pero qué poca madre! —dijo—. Usted está más lúcido que todos nosotros juntos.
—Mañana trae café y vasos. Será una mañana larga.
Regresé a casa por la tarde. Valentina estaba en mi dormitorio. Había abierto mi armario y puesto bolsas negras sobre mi cama. En una mano sostenía la caja de madera donde guardaba las cartas de Tomás.
—Eso es pura basura —murmuró.
—Ese documento no está autorizado para descargar —dije desde la puerta.
Valentina brincó.
—Abuela, me asustaste. Solo estoy ayudando. No puedes llevar todo a la residencia.
Le quité la caja con calma.
—No vuelvas a tocar mis cosas.
Ella rodó los ojos.
—Abuela, tienes que soltar el pasado. Mi papá me autorizó. Esta casa ya no es realmente tuya.
No respondí. Los archivos no gritan. Los archivos guardan.
En el comedor vi su bolso abierto y una carpeta transparente. Valentina hablaba por teléfono en la cocina.
—Sí, Fernando, el viernes ya entra la obra. La casa estará vacía.
Mis ojos cayeron sobre el documento.
Contrato de inversión y promesa de sociedad comercial.
Leí sin tocar. Inversiones San Román le había entregado a Valentina cincuenta mil dólares para maquinaria e inventario. A cambio, ella aportaba mi casa como sede y garantía. Si no entregaba el inmueble libre antes del viernes, debía devolver el capital completo más una penalidad del cien por ciento.
Cien mil dólares.
Entonces entendí la prisa. No era amor por mi bienestar. Era desesperación.
Valentina había apostado su futuro usando una casa que no le pertenecía.
Esa noche llamó Roberto.
—Mamá, Valentina dice que estás haciendo difícil todo esto.
—¿Firmaste un poder sobre la casa?
-Si. Era lo lógico. Valentina tiene una enorme oportunidad. Tú solo usas dos habitaciones. No mares egoísta.
— ¿Leíste el contrato con Inversiones San Román?
Silencio.
—¿Qué contrato?
Ahí supe que mi hijo ni siquiera entendía el problema en el que había metido a su hija.
—Mañana a las nueve todo estará en su lugar, Roberto.
Él creyó que yo aceptaba.
—Gracias, mamá. Sabía que entrarías en razón.
Colgué.
A las cinco y media de la mañana ya estaba vestida. Me puse mi traje azul marino, el que usé cuando me nombraron jefa del archivo municipal. Me acomodé el broche de perlas que Tomás me regaló. Guardé en mi bolso el sobre manila con la escritura y el usufructo vitalicio.
Recordé a Tomás en la oficina de Arturo Mendoza, años atrás.
—Hazlo a prueba de balas —le había dicho mi esposo—. Roberto va a querer hipotecar la casa algún día. Teresa debe vivir aquí hasta que ella decida irse o hasta que Dios la llame. Nadie más.
Tomás conoció a su hijo. Y me protegió incluso después de muerto.
A las siete y media, la grúa de Julio apareció y se detuvo justo donde debía. A las ocho, doña Carmen ya estaba sentada en su porche con una cobija sobre las piernas. A las ocho y diez, varias vecinas fingían barrer, regar o sacar basura. A las ocho y quince, don Elías llegó con café, conchas y vasos. A las ocho y veinte, el doctor Mendoza bajó de su sedán gris con su maletín de cuero.
—Teresa —dijo al verme—, pareces lista para clausurar un ayuntamiento.
—Hoy solo voy a clausurar una insolencia.
A las ocho cuarenta y cinco se escuchó el motor del camión. Blanco, enorme, brillante. Detrás venía el auto rojo de Valentina.
El camión intentó maniobrar, pero la grúa de Julio bloqueó el giro. El conductor tocó el claxon. Julio levantó las manos como diciendo: “Se descompuso, joven, ni modo”.
Valentina bajó furiosa.
— ¿Qué es esto? —gritó—. ¡Necesito que muevan esa chatarra!
Luego vio a los vecinos. Vio a Carmen. Vio a Elías sirviendo café. Vio a Mendoza junto a mí. Su cara cambió.