PARTE 1
Elena Márquez cumplía 68 años el día en que su único hijo la arrastró del cabello por el piso de la casa que ella había pagado con toda una vida de sacrificios.
Sus rodillas golpearon las losetas frías de la sala mientras intentaba aferrarse a una silla. Julio apretaba los dientes, fuera de sí, y detrás de él su esposa, Fernanda, observaba la escena con los brazos cruzados.
—Ya era hora de que entendiera quién manda aquí —dijo Fernanda.
Elena sintió que esas palabras dolían más que los tirones.
Había enviudado 20 años antes y desde entonces vendía frutas, semillas y chiles secos en el Mercado de Abastos de Puebla. Trabajó, cargó cajas y muchas noches fingió no tener hambre para que Julio pudiera repetir plato.
Vendió sus arracadas para pagarle la universidad.
Hipotecó la casa para comprarle su primer automóvil.
Y ahora aquel hijo, al que había protegido de todo, la tenía tirada como si fuera basura.
Todo había empezado cuando Julio llevó a Fernanda a vivir con ella. Elena preparó tamales de elote, mole poblano y café de olla para recibirla. Quería tratarla como a la hija que nunca tuvo.
Fernanda recorrió la vivienda con una sonrisa torcida.
—Qué… pintoresca —murmuró al mirar los muebles viejos y las cortinas desteñidas.
Poco a poco, Julio cambió. Dejó de pedirle la bendición, comenzó a burlarse de sus costumbres y permitía que Fernanda la llamara anticuada.
El día del cumpleaños, Elena preparó la receta de mole de su madre y sacó los platos de talavera reservados para ocasiones especiales.
Julio y Fernanda llegaron tarde.
Fernanda olió la comida y arrugó la nariz.
—Todo huele a grasa.
—Era el platillo favorito del padre de Julio —respondió Elena.
—Tal vez por eso ya no está.