Julio bajó la mirada, pero no la defendió.
Fernanda tomó el plato y vació el mole en el bote de basura. Elena vio caer años de esfuerzo entre cáscaras y servilletas sucias.
—Los 2 se van de mi casa —dijo.
Fernanda gritó que la propiedad también pertenecía a Julio. Elena comenzó a guardarles la ropa. Julio intentó quitarle una maleta y Fernanda aseguró que su suegra la había empujado.
Sin preguntar nada, él tomó a Elena del brazo, la derribó y tiró de su cabello hasta arrancarle varios mechones.
Cuando la soltó, ella tenía sangre en las rodillas.
—Váyanse y no vuelvan —susurró.
Esa noche, su vecina Luz quiso llamar a la policía, pero Elena no pudo denunciar a su propio hijo.
3 días después llegó el licenciado Salgado, el notario de la familia, con una carpeta bajo el brazo.
—Doña Elena, ayer Julio intentó vender esta casa.
Elena palideció.
—Eso es imposible.
El notario puso sobre la mesa un poder falso con una firma casi idéntica a la suya.
Entonces añadió algo que le heló la sangre:
—Su hijo no vino solo. La mujer que lo acompañaba dijo que, para cuando usted descubriera todo, ya estaría declarada incapaz ante un juez.
PARTE 2
Elena permaneció inmóvil, mirando aquella firma falsificada.
Durante unos segundos quiso convencerse de que Julio había sido engañado. Tal vez Fernanda lo había presionado. Tal vez él no comprendía el alcance de lo que hacía.
Pero la imagen de sus dedos enredados en su cabello destruyó cualquier excusa.
El comprador había pedido verificar el poder y así se detuvo la venta.
—Debe denunciar —insistió el licenciado Salgado—. También preparan documentos para declararla incapaz.
Elena caminó por la casa tocando las paredes donde Julio había crecido.
¿Cómo podía aquel niño querer borrarla de su propia historia?
Al día siguiente fue a la fiscalía.
Contar la agresión le pareció más doloroso que recibirla. La agente fotografió sus moretones, revisó el poder falso y tramitó una orden de restricción.
Cuando Julio recibió la notificación, comenzó a llamarla.
Primero lloró.
—Mamá, retira la denuncia. Me desesperé, neta, no sabía lo que estaba haciendo.
Después la culpó.
—Estás arruinando mi matrimonio.
Finalmente la amenazó.
—Si termino en la cárcel, será por tu culpa.
Elena esperaba escuchar arrepentimiento, pero solo escuchaba miedo a las consecuencias.
Una semana después, Fernanda apareció en el mercado y se plantó frente al puesto mientras todos observaban.
—Está destruyendo a su hijo —dijo.
—Julio tomó sus decisiones.
—Firme la venta y retire la denuncia. Le daremos dinero para rentar un cuartito. A su edad, ¿para qué quiere una casa tan grande?
Elena la miró con incredulidad.
—¿Quieres comprarme con el dinero de mi propia casa?
Fernanda perdió la sonrisa.
—No se haga la valiente. Nadie le va a creer a una señora confundida.
2 noches después rompieron las ventanas de Elena. Una piedra atravesó la sala envuelta en un papel que decía: “Vieja egoísta”.
No había pruebas contra Julio y Fernanda, pero Elena entendió el mensaje.
Aun con miedo, siguió abriendo su puesto.
Pronto llegaron rumores.
Fernanda decía en el barrio que Elena olvidaba cosas, que hablaba sola y que había atacado a su nuera por celos. Incluso había consultado a un médico dispuesto a certificar un supuesto deterioro mental.
Luz, la vecina, consiguió el nombre del doctor y se lo entregó a la fiscalía.
El plan estaba más avanzado de lo que todos creían.
1 mes después, Julio llamó desde un número desconocido.
Su voz sonaba rota.
—Mamá, Fernanda desapareció.
Había vaciado la cuenta bancaria, pedido préstamos a nombre de Julio y falsificado recibos de nómina. También había utilizado copias de la escritura de Elena como garantía para varias operaciones clandestinas.
Los acreedores comenzaron a buscar a Julio.
Su empresa descubrió documentos alterados y lo despidió.
—Todo fue idea de ella —aseguró—. Yo solo firmé algunas cosas.
—También me golpeaste porque ella te lo pidió, ¿verdad?
Julio guardó silencio.
—Perdóname.
Elena había esperado esas palabras durante semanas, pero llegaron débiles, mezcladas con miedo y conveniencia.
—No necesitas mi perdón para escapar de las consecuencias —respondi