Después saqué de mi bolsa el almuerzo que llevaba: el pollo adobado que había preparado para Mía.
Tomé a mi hija de la mano y, para enseñarle a todos una lección que jamás olvidarían, invité a toda su clase a comer a uno de los restaurantes más elegantes cerca del colegio.
Ese día, dejé muy claro ante todos que la verdadera educación no se mide por lo cara que sea la comida en una lonchera, sino por la limpieza del corazón de quienes guían a los niños.