Segundo: una hija desagradecida no se vuelve tierna porque su madre sufra. Se vuelve más feroz cuando siente que pierde el control.
Elena nunca me preguntó cómo me sentía. Nunca.
El primer mensaje después de la cirugía fue:
"Me has metido en un lío con el banco."
El segundo:
"¿Te das cuenta de que si aprueban la hipoteca, perderé mi apartamento?"
El tercero:
"No puedes hacerme esto solo porque no quería convertir mi casa en un hospital."
Mi casa.
Siguió escribiendo así.
Mi casa.
Al cuarto día, mientras la cuidadora me ayudaba a sentarme en la trona de mi habitación, alguien llamó a la puerta con fuerza.
Teresa fue a abrir.
Elena entró sin esperar permiso.
Era perfecta. Abrigo ligero, pelo liso, perfume caro. En su mano llevaba un bolso que había visto en el extracto de mi tarjeta de crédito seis meses antes.
No me abrazó.
No me llamó "Mamá".
Miró a su alrededor.
"Así que tenías dinero para un hotel."
Se me heló la sangre.
Teresa dio un paso al frente.
"Elena, tu madre ya salió de la cirugía."
La ignoró.
"¿Sabes el escándalo que me montaste? Me bloquearon la tarjeta delante de todos. Cancelaron la transferencia sin avisar. Me trataste como a una ladrona."
La miré fijamente.
Era mi hija.
La misma niña a la que le preparaba sopa cuando tenía fiebre. La misma niña a la que Pietro llevaba al colegio incluso bajo la lluvia. La misma mujer que ahora estaba junto a la cama de su madre recién operada, hablando solo de sí misma.
"¿Eres una ladrona?", pregunté en voz baja.
Los ojos de Elena se abrieron de par en par.
"¿Cómo te atreves?"
"La firma del documento no es mía."
Por un segundo, palideció. Solo por un segundo. Luego recuperó la compostura.
"Basta."