Teresa no lo entendió de inmediato.
Yo sí.
Durante meses, creí que Elena no quería el olor del hospital en su casa.
Pero la verdad era otra.
Durante años, fui yo quien cargó con el olor de la culpa, el chantaje y el miedo a ser una mala madre.
Ese día, por primera vez, mi casa olía solo a caldo caliente, madera vieja y ventanas abiertas.
Y ningún banco, ningún préstamo, ninguna hija perdida podría arrebatármelo.