—Va a firmar —dijo Adrián, y se rió.
Nunca olvidaré esa risa.
No era la risa cálida con la que me hablaba a mí. Era una risa seca, soberbia, de hombre que se siente más inteligente que su víctima.
—Valeria está desesperada —continuó—. Tiene treinta y cuatro, dos hijos de distintos padres y miedo a quedarse sola otra vez. Me ve como si yo fuera su salvación.
—Pobrecita —dijo Leticia, burlándose—. Hasta ternura me da cómo te mira. No entiende que viene con puro equipaje.
—Equipaje caro —soltó Iván entre carcajadas—. La casa que heredó vale una fortuna. Si movemos eso y vaciamos el fondo de los niños, sales de tus deudas y todos respiramos.
Sentí que el piso desaparecía debajo de mí.
—Ella no se casa con un hombre —dijo Adrián, más bajo—. Se casa con un salvavidas. Y en cuanto firme ese documento disfrazado de póliza, todo lo suyo entra bajo mi administración. Mis deudas siguen siendo mías, pero sus bienes dejan de serlo. Cuando quiera reaccionar, la casa ya va a estar vendida y el dinero de los niños ya tendrá destino.
—¿Y si se pone loca? —preguntó Iván.
—No se va a poner nada —respondió Adrián con una seguridad monstruosa—. Es blanda. De esas mujeres que creen que amar es aguantar. Si sospecha algo, la hago sentir culpable, le digo que está exagerando, que sus traumas la hacen desconfiar. Siempre termina doblándose.
La llamada se cortó.
Me quedé quieta, sentada entre moños, chocolates y tul, con el corazón golpeándome tan fuerte que casi no podía respirar.
Blanda.
Desesperada.
Equipaje.
Giré la mirada hacia el pasillo oscuro donde dormían mis hijos. Mateo, que se ponía tenso cada vez que Adrián entraba. Sofía, que desde el compromiso casi había dejado de cantar. De pronto entendí que mis hijos llevaban meses intentando advertirme sin palabras, y yo había preferido seguir decorando la jaula.