Pero Mauricio guardó silencio.
—Solo digo que hay límites —insistió—. Jimena es adulta. Doña Elvira también puede pedir las cosas con respeto.
Anselmo dio dos pasos hacia ella.
—Ninguna niña vendrá a enseñarme a respetar.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar, la golpeó.
El golpe fue tan fuerte que Renata cayó en el lavabo. Sintió la boca ardiendo, le zumbaban los oídos y la vergüenza le quemaba hasta lo más profundo.
Elvira no gritó.
Jimena no se acercó.
Mauricio solo murmuró:
—Renata, en serio... no deberías contestarle así a mi padre.
Esa frase la destrozó.
No fue solo el golpe.
Descubrió que el hombre que le había prometido cuidarla prefería quedar bien ante su familia que defenderla.
Renata entró en la cocina, cogió unas tijeras de costura grandes de la mesa y las clavó en la pila de ropa con tanta fuerza que todos dieron un respingo.
—Escúchenme bien —dijo con voz temblorosa pero firme—. Nadie volverá a tocarme. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Y si intentan inventarse otra historia sobre que soy la loca de esta casa, descubrirán quién es la mujer que sabe defenderse.
Anselmo se sonrojó de ira.
—¡Pues lárgate de aquí!
—Con mucho gusto.
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