PARTE 2: Graciela entró al despacho como si la mansión ya le perteneciera. Llevaba un vestido blanco impecable, tacones caros y una sonrisa tan fría que Leonardo sintió un rechazo inmediato.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
—Vine a verte. Pero parece que llegué justo a tiempo para ver cómo una empleada se está convirtiendo en santa.
Leonardo cerró la carpeta.
—Esto no te incumbe.
—Claro que me incumbe. Tu madre está enferma, vulnerable, y una muchacha pobre duerme en tu casa, compra cosas para ella y ahora guarda secretos. ¿No ves el peligro?
—Lo que veo es que Inés hizo lo que nadie hizo.
Graciela soltó una risa seca.
—Leonardo, por favor. Eso se llama manipulación emocional.
Él la miró con dureza.
—No hables de ella así.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy defendiendo la verdad.
Graciela se acercó.
—No confundas culpa con cariño. Esa muchacha vio una oportunidad: una anciana enferma, un hijo millonario ausente y una casa llena de dinero.
Antes de que Leonardo respondiera, doña Mercedes apareció en la puerta, empujada por Inés.
Había escuchado todo.
—Graciela —dijo con voz débil, pero firme—, tú nunca duras más de 10 minutos en mi cuarto porque dices que el olor a medicina te deprime. No tienes derecho a hablar de quien sí se quedó.
Graciela se puso roja.
—Yo solo intento proteger a Leonardo.
—¿De quién? ¿De la mujer que me sostuvo la cabeza mientras vomitaba? ¿De la muchacha que se quedó conmigo 17 noches mientras tú usabas mi enfermedad para verte compasiva en cenas de Polanco?
Inés bajó la mirada.
—Doña Mercedes, no hace falta.
—Sí hace falta. Estoy cansada de que confundan apellido con corazón.
Graciela apretó el bolso.
—Cuando recuperes la razón, Leonardo, me llamas.
Salió dando un portazo.
Pero el escándalo apenas comenzaba.
Al día siguiente, llegaron sin invitación Sofía, prima de Leonardo, 2 tías y un abogado familiar. Venían con cara de funeral, aunque doña Mercedes seguía viva.
—Venimos a proteger a mi tía —anunció Sofía—. No vamos a permitir que una criada controle esta casa.
Leonardo estaba junto a su madre cuando oyó los gritos.
—Déjalos pasar —ordenó doña Mercedes.
—Mamá, no estás fuerte para esto.