PARTE 1
—Si esa muchacha vuelve a tocar a mi madre, la corro hoy mismo.
Leonardo Salazar lo dijo con una frialdad que hizo que hasta la enfermera bajara la mirada. Acababa de entrar a su mansión en Lomas de Chapultepec 2 días antes de lo previsto, después de que una reunión en Monterrey se cancelara a última hora.
Nadie lo esperaba.
Ni el administrador de la casa.
Ni su prometida.
Ni su madre, doña Mercedes, que llevaba casi 1 año peleando contra un cáncer que le había quitado la fuerza, el apetito y, aquella tarde, también el cabello.
Leonardo subió sin avisar por la escalera principal. Venía con el saco caro colgado del brazo, el celular vibrando sin parar y la cabeza llena de contratos. Pero al acercarse al cuarto de su madre, se detuvo.
La casa olía distinto.
No olía a desinfectante caro ni a flores artificiales. Olía a canela, a té caliente, a pan dulce recién comprado y a flores de mercado.
Olía a hogar.
La puerta del cuarto estaba entreabierta. Leonardo miró hacia dentro y se quedó helado.
Su madre estaba sentada junto a la ventana, envuelta en un rebozo gris, llorando en silencio. Frente a ella, de rodillas, estaba Inés, una empleada doméstica de 26 años que trabajaba limpiando la casa desde hacía 6 meses.
Inés sostenía una máquina rasuradora con las manos temblorosas. Le estaba quitando los últimos mechones de cabello a doña Mercedes.
Pero no lo hacía como una trabajadora cumpliendo una orden.