Ese era tu problema. Creías que una mujer merecía respeto solo cuando tenía poder.
Entonces se dio la vuelta y caminó hacia su camioneta, donde la esperaban sus hijos.
Diego se quedó en la acera, dándose cuenta demasiado tarde de que no había sido destruido por Mariana.
Su propia necesidad de superioridad lo había destruido.
Y mientras Mariana se alejaba con sus dos hijos, su gran empresa y la paz que tanto le había costado conseguir, a cualquiera que leyera su historia le quedaba una pregunta incómoda:
¿Cuántas personas maltratan a otras simplemente porque no se dan cuenta del poder que tienen?