Fue una presión baja, brutal, que le dobló la espalda y la obligó a apoyarse con las dos manos en una repisa metálica.
—No —dijo—. No ahora.
Treinta y dos semanas.
Los bebés no estaban listos.
Ella tampoco.
Había imaginado una sala de hospital, monitores, enfermeras, una voz diciendo cuándo respirar y cuándo empujar.
Había imaginado miedo, sí, pero un miedo con puertas abiertas y gente alrededor.
No esto.
No una cámara helada.
No una pared de acero.
No la voz de su esposo explicándole por qué le convenía que muriera.
La segunda contracción llegó más pronto.
Lena intentó medir el tiempo, pero las manos le temblaban demasiado para sostener el celular, y dentro del congelador no había señal suficiente para llamar.
La tercera la hizo caer de rodillas.
El golpe fue fuerte, pero el dolor del parto se lo tragó.
Rompió fuente poco después.
El líquido tocó el piso y empezó a congelarse en una capa brillante bajo ella.
Ese detalle la aterrorizó más que cualquier amenaza de Victor.
Su cuerpo estaba haciendo lo que tenía que hacer.
El mundo alrededor estaba tratando de matarlos.
Lena se mordió el labio hasta sentir sabor a sangre.
No quería gastar la voz.
No quería gastar el aire.
Pero cuando la siguiente contracción la atravesó, gritó.
Fuera del edificio principal, a unos bloques de distancia, un hombre seguía trabajando tarde.
No era amigo de Victor.
Tampoco era familia de Lena.
Era el tipo de persona cuyo nombre Victor pronunciaba con desprecio, como si odiarlo le diera autoridad.
Entre ellos había una historia vieja, una enemistad que Lena nunca había entendido por completo y que Victor usaba como advertencia cada vez que quería cerrar una conversación.