PARTE 2: Rodrigo abrió la carpeta con la confianza de quien siempre revisaba cuentas ajenas. La sonrisa se le borró tan rápido que su esposa, Paula, dejó de untar mantequilla en un pan.
—¿Cuánto fue? —preguntó ella.
Rodrigo cerró la carpeta de golpe.
—Está mal.
Mariana se la arrebató desde el otro lado de la mesa.
—¿Cómo que está mal?
Vio el total y se quedó muda.
Diego, que estaba cortando un pedazo de rib eye, soltó una risa nerviosa.
—No exageren. ¿Cuánto puede ser?
Mariana le volteó la carpeta.
Diego dejó el cuchillo sobre el plato.
Los niños, que hacía 10 minutos pedían pastel de chocolate, se quedaron quietos al ver las caras de los adultos.
El mesero, un joven llamado Tomás, permanecía junto a la mesa con una paciencia profesional.
—¿Será una sola tarjeta o desean dividir la cuenta?
Rodrigo se enderezó.
—Nuestra mamá viene en camino.
Tomás miró la silla vacía al centro de la mesa.
—Claro, señor. Les doy unos minutos.
—Sí, eso —dijo Mariana, demasiado rápido—. Viene en camino.
Pero nadie lo creyó.
Rodrigo llamó a Elena.
Buzón.
Mariana llamó 2 veces.
Buzón.
Diego mandó:
Diego:
Ya estuvo, ma. Contesta.
Nada.
Entonces Valeria, la hija de 14 años de Rodrigo, levantó la vista de su celular.
—Mi abuela subió una historia.
Todos voltearon.
Valeria les mostró la pantalla.
Elena aparecía frente a un ventanal del aeropuerto, con lentes oscuros, una mascada beige y una sonrisa tranquila que sus hijos no recordaban haber visto en años.
El texto decía:
Mi primer regalo del Día de las Madres para mí. Roma me espera.
El silencio fue peor que un grito.
Paula bajó la mirada, avergonzada.
Ernesto, el esposo de Mariana, murmuró:
—Tal vez debieron preguntarle antes de pedir 2 charolas de mariscos.
Mariana lo fulminó.
—No empieces.
—No, Mariana —dijo él—. Esta vez sí voy a empezar. Tu mamá no es cajero automático.
Rodrigo golpeó la carpeta con los dedos.
—Yo no voy a pagar todo.
Mariana abrió los ojos.
—Tú ganas más.
—Y tú fuiste la que eligió el restaurante.
Diego levantó las manos.
—Yo puedo poner $3,000.
—¿$3,000? —gritó Mariana en voz baja—. Tú pediste el corte más caro.