—¡Costaba $1,900!
Las mesas cercanas comenzaron a mirar. Una señora con sombrero blanco fingió acomodarse el collar mientras escuchaba. Los niños dejaron de pedir postre. Paula se cubrió la cara con una servilleta. Ernesto pidió la cuenta dividida. La esposa de Diego, Camila, susurró:
—Esto es humillante.
—Humillante es que hayan venido pensando que una mujer de 63 años tenía obligación de pagarles hasta el capricho —respondió Ernesto.
Mariana se puso roja.
Al final, pagaron entre 4 tarjetas. Una fue rechazada. Otra pasó solo después de quitar la propina sugerida. Rodrigo pagó la parte más grande y salió del restaurante caminando como si todos lo hubieran insultado.
Afuera, bajo el sol de Polanco, mandó un mensaje:
Rodrigo:
Eso fue cruel.
Mariana escribió:
Mariana:
Nos humillaste frente a nuestros hijos.
Diego agregó:
Diego:
Espero que Italia valga la pena.
Pero Elena ya no podía leerlos.
Su celular estaba en modo avión.
Arriba de las nubes, con una copa de agua mineral en la mesita, Elena miró la oscuridad del océano y sintió algo extraño.
No era culpa.
No era rabia.
Era alivio.
Mientras tanto, en México, ninguno de sus hijos sabía que en la casa de Elena, dentro del cajón de la cómoda, había 3 sobres con sus nombres.