No le bastó.
El cansancio vuelve torpes hasta a los hombres que se creen inteligentes.
Santiago quería una explicación ordenada, con membrete, firma y diagnóstico.
Quería que alguien con bata blanca le dijera qué hacer para que el grito terminara.
Por eso, cuando Isabela puso sobre la cómoda una orden de ingreso psiquiátrico y una dirección de clínica, él no la rompió.
La dejó ahí.
Y las hojas se quedaron esperando su firma como una trampa paciente.
—¡Ya párale, Mateo! —gritó Santiago al fin, agarrándolo por los hombros—. ¡Te revisaron tres veces! ¡No tienes nada en el estómago!
Mateo se sacudió como si esas palabras le dolieran más que el retortijón.
—¡No estoy mintiendo! —lloró—. ¡Ella le puso algo a mi comida!
Isabela apareció en la puerta.
Su bata parecía recién acomodada, su cabello perfecto, sus ojos brillantes con lágrimas que llegaron demasiado rápido.
—Santiago —dijo con voz herida—, esto ya no es un berrinche.
Mateo la señaló con una mano temblorosa.
—¡Yo la vi!
Isabela se llevó los dedos al pecho.
—¿Me estás acusando de envenenarte?
La palabra envenenar llenó el cuarto y cambió la temperatura.
Santiago soltó a su hijo.
Por un instante, no miró a Mateo.
Miró a Isabela.
Fue un segundo mínimo, pero ella lo notó.
Los manipuladores profesionales no temen a la culpa.
Temen a la duda.
—¿Ya ves? —susurró ella—. Un niño sano no inventa eso. Mañana puede acusarme de cualquier cosa. Puede acusarte a ti. Tienes que ayudarlo aunque te odie por hacerlo.
Santiago pasó una mano por su rostro.
La piel le ardía de no dormir.
El teléfono pesaba como una sentencia.
Entonces llamó a Ramiro.
—Prepara la camioneta. Vamos a la clínica psiquiátrica ahorita mismo.
Mateo hizo un sonido pequeño, roto, y se encogió más.
En el pasillo, Marisol sintió que se le iba la sangre de las piernas.
Ella había entrado a trabajar 3 semanas antes.
Tenía 25 años, venía de Oaxaca y había aprendido rápido que en esa casa el silencio era parte del uniforme.
Marisol no opinaba sobre las discusiones.
No se metía entre marido y mujer.
No preguntaba por las cajas de medicina ni por las llamadas a puerta cerrada.
Su trabajo era preparar ropa, vigilar horarios, acercar agua, levantar vasos y desaparecer antes de incomodar a alguien con apellido.
Pero nadie desaparece del todo cuando tiene ojos.
La noche anterior, a las 11:47, Marisol había bajado a la cocina por una franela limpia.
La luz sobre la barra estaba encendida.
Isabela estaba de espaldas, inclinada sobre una taza.
No oyó a Marisol.
O creyó que una niñera no contaba como testigo.
Marisol vio el frasco oscuro.
Vio la mano fina de Isabela inclinarlo.
Vio caer 5 gotas en el atole.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Luego Isabela revolvió despacio, con una cuchara de plata, hasta que el líquido volvió a parecer inocente.
Marisol se quedó congelada detrás del marco de la puerta.
Esa noche no dijo nada.
Se dijo a sí misma que tal vez era medicina.
Se dijo que tal vez Santiago lo sabía.
Se dijo muchas cosas porque una empleada joven no entra al cuarto de un patrón millonario a acusar a su esposa sin pruebas.
A la mañana siguiente, Mateo vomitó.
Por la tarde se negó a comer.
Por la noche volvió a gritar.
Y ahora Santiago estaba a punto de meterlo en una camioneta rumbo a una clínica donde nadie iba a escuchar la verdad de un niño aterrorizado.
Marisol entró al cuarto para recoger una toalla.
Vio el vaso de atole sobre el buró.
Lo levantó.
El olor la golpeó debajo del azúcar.
No era masa.
No era canela.
Era algo químico, amargo, escondido con demasiada dulzura.
—Patrón, espere —dijo.