—Las conversaciones de WhatsApp entre usted y la señorita Somosa. Ella ha tenido la amabilidad de facilitarnos capturas de pantalla.
—¿Valeria?
Hugo se puso rojo de furia.
—No ha podido.
—Vaya si ha podido —sonrió la abogada—, especialmente después de enterarse de que usted le prometió casarse con ella, pero al mismo tiempo pretendía quedarse con dinero de su exmujer. Cito textualmente: “Elena no sospecha nada. Pediré un préstamo, diré que es para cambiar el coche y te compraré un piso, nena. Solo que ella no debe enterarse, si no se fastidia todo”.
Elena cerró los ojos. Escuchar aquello dolía incluso ahora, cuando ya sabía toda la verdad.
—Continúo —Laura pasó de página—. “En cuanto me divorcie, vendo mi piso. Seguro que Elena tiene ahorros. Está obsesionada con guardar dinero. Le saco la mitad en el juzgado y viviremos como reyes”. Y así sucesivamente. ¿Quiere que lo lea todo?
—No es necesario —sentenció la jueza.
Miraba a Hugo con indisimulado desprecio. Elena también lo miró. Estaba rojo, iracundo, y en sus ojos asomaba un odio genuino. De repente comprendió que nunca había llegado a conocer de verdad a ese hombre.
—Queda un detalle más, señoría —Laura sacó un último documento—. La señorita Somosa está encinta de seis meses. Ha interpuesto una demanda de paternidad y solicitud de pensión de alimentos.
—Eso no viene al caso —saltó el abogado de Hugo.
—Tiene absoluta relevancia —rebatió la jueza—. Demuestra la prolongación en el tiempo de una relación extramatrimonial y los actos premeditados del señor Ramírez para crear un segundo núcleo familiar utilizando fondos que comprometían el patrimonio común.
Volvió a mirar los papeles y luego levantó la cabeza.
—Estoy lista para dictar sentencia. Señor Ramírez, sus pretensiones sobre la mitad del valor del inmueble quedan desestimadas. El chalet fue adquirido con fondos de carácter privativo de su esposa, ahorrados durante el matrimonio gracias a un segundo trabajo. Usted no contribuyó a dichos ahorros ni tenía conocimiento de la compra.
Hugo hizo ademán de saltar, pero su abogado lo detuvo poniendo una mano en su hombro.
—En cuanto al préstamo —la jueza miró a Hugo por encima de las gafas—, el préstamo de doscientos mil euros fue solicitado sin el consentimiento de su esposa y no se destinó al levantamiento de las cargas familiares. Por consiguiente, será el señor Ramírez quien responda exclusivamente de su pago. Aún más, teniendo en cuenta que durante este año se emplearon fondos gananciales para abonar las cuotas de dicho crédito, el señor Ramírez deberá reintegrar a su esposa la mitad del importe ya abonado.
Laura se volvió hacia el abogado de Hugo.
—¿Cuánto han pagado ya del préstamo?
Este ojeó sus papeles de mala gana.
—Cuarenta y dos mil euros.
—Entonces son veintiún mil euros de compensación —asintió la jueza—. Plazo de seis meses. La sentencia es susceptible de recurso de apelación en el plazo legalmente establecido.
Dio un golpe con el mazo.
Hugo se quedó pálido, con la mirada perdida. Su abogado recogía sus cosas, evidentemente deseoso de abandonar la sala cuanto antes.
Elena se puso en pie. Sentía las piernas como de plomo, pero se mantuvo erguida. Laura la abrazó por los hombros.
—Enhorabuena —le dijo en voz baja—. Se ha hecho justicia.
—Elena —la llamó Hugo.
Ella se giró.
Estaba en medio de la sala, desconcertado y patético.
—Sabes de sobra que no voy a poder pagar todo esto. Aún me queda la hipoteca del préstamo, más la pensión que me pide Valeria. ¿No podemos llegar a un acuerdo de alguna manera?
Elena lo miró fijamente durante un largo rato.
Ese hombre había sido su marido. Le había preparado desayunos, le había lavado la ropa, había aguantado a su madre, se había privado de todo para que no faltara nada en casa. Y él la llamaba idiota y sosa. Le era infiel y planeaba robarle sus ahorros.
—No, Hugo —respondió con calma—. No hay acuerdo posible. Has tenido diez años para tratarme como a un ser humano. Elegiste otro camino. Ahora asume las consecuencias.
Se dio la vuelta y salió de la sala sin mirar atrás.
Laura caminaba a su lado y Elena sentía cómo a cada paso se le quitaba un peso de encima. Por delante tenía una nueva vida en su propia casa, libre de mentiras y traiciones, y estaba preparada para afrontarla.
Una semana después del juicio, Elena estaba en medio del recibidor de su nuevo chalet y no podía creer que todo fuera real. La luz del sol entraba a raudales por los inmensos ventanales, reflejándose en el parqué claro. Paseó despacio por las habitaciones, escuchando aquel silencio desacostumbrado, pero tan ansiado. Sin reproches. Sin comentarios sarcásticos sobre que estaba trabajando otra vez en fin de semana. Sin Hugo.
El móvil le vibró en el bolsillo. Era Laura.
—Elena, buenos días. Tengo novedades.
La voz de la abogada sonaba satisfecha.
—Hugo ha transferido la primera parte de la indemnización.
—¿Ya? —se sorprendió Elena—. Pensé que lo retrasaría hasta el último momento.
—Se ve que nuestro amigo ha entendido que se le acabaron las bromas. Faltaría más. Tiene una orden de embargo sobre la cabeza, y ya le dejé caer a su abogado que el siguiente paso era ir a por su nómina.
Elena sonrió. En esas semanas había aprendido a alegrarse por las pequeñas victorias.
—¿Y qué pasa con el resto?