De camino a la casa de mi hijo, me detuve a cargar gasolina cuando un desconocido se acercó y me advirtió: “No vaya. Se va a arrepentir.” Le respondí furiosa: “¿De qué demonios está hablando?” Él me miró con lástima y dijo: “En 20 minutos lo entenderá.” Minutos después, al llegar a la calle de mi hijo, vi patrullas frente a su casa… y a mi nuera sentada en la banqueta con las manos llenas de sangre.