De camino a la casa de mi hijo, me detuve a cargar gasolina cuando un desconocido se acercó y me advirtió: “No vaya. Se va a arrepentir.” Le respondí furiosa: “¿De qué demonios está hablando?” Él me miró con lástima y dijo: “En 20 minutos lo entenderá.” Minutos después, al llegar a la calle de mi hijo, vi patrullas frente a su casa… y a mi nuera sentada en la banqueta con las manos llenas de sangre.

La constructora de Julián no era grande. Era una oficina pequeña, 2 camionetas, 8 trabajadores y años de levantarse antes del amanecer. Él hacía cocinas, techos, ampliaciones, baños, reparaciones después de lluvias. Lorena manejaba la parte administrativa porque Julián confiaba en ella.
—¿Ella le estaba robando? —preguntó Teresa.
—Más que eso. Hay 42 facturas falsas. Clientes inexistentes. Reportes de daños que nunca ocurrieron. Pagos desviados a cuentas vinculadas con Iván. Su hijo descubrió todo hace 2 semanas.
—¿Y por qué vino solo a enfrentarla?
La pregunta salió con rabia.
Salcedo la aceptó sin defenderse.
—Le dijimos que no lo hiciera. Quería darle una oportunidad de aceptar la verdad antes de pedir el divorcio.
Teresa cerró los ojos. Ese era Julián. Siempre creyendo que una conversación podía salvar lo que ya estaba podrido.
En la casa, los peritos tomaban fotos del comedor. Un agente salió con una bolsa de evidencia. Lorena levantó la mirada y encontró los ojos de Teresa.
Durante medio segundo, se le cayó la máscara.
No parecía una esposa destrozada. Parecía furiosa porque Julián seguía respirando.
En el hospital, Teresa esperó bajo luces blancas que volvían a todos fantasmas. Julián entró directo a cirugía. Ramiro Salcedo permaneció cerca, recibiendo llamadas, escribiendo mensajes, hablando bajo con otros agentes.
Cerca de la medianoche, volvió a sentarse junto a ella.
—Detuvimos a Iván Robles —dijo.
Teresa se enderezó.
—¿Él lo atacó?
—Lo encontraron rumbo a Querétaro con sangre en la chamarra y 580,000 pesos en efectivo. Dice que Lorena le llamó llorando, que Julián se había vuelto loco y la estaba golpeando. Según él, fue a defenderla.
—Eso es mentira.
—Sí —dijo Salcedo—. Pero hay otra cosa.
Antes de que pudiera continuar, un cirujano salió.
—¿Familia de Julián Aguilar?
Teresa se levantó de golpe.
—Soy su madre.
El médico se quitó el cubrebocas.
—Sobrevivió a la cirugía. Está grave, pero estable.
Teresa lloró sin sonido. Se dobló sobre sí misma como si le hubieran quitado 20 años de encima y se los hubieran devuelto en el mismo segundo.
Entonces el celular de Salcedo vibró. Él respondió, escuchó y su rostro se endureció.
Cuando colgó, miró a Teresa.
—Señora, encontramos algo en la sala.
—¿Qué?
—Antes de enfrentar a Lorena, su hijo escondió una grabadora debajo del mueble de la televisión.
Teresa sintió que las lágrimas se congelaban.
—¿Grabó todo?
Salcedo miró hacia la entrada del hospital, donde 2 agentes acababan de aparecer caminando rápido.
—Sí. Y Lorena todavía no sabe que tenemos el audio.