PARTE 2: Teresa no recordaba haber caminado hasta la entrada. Solo supo que estaba en medio de la calle, con un policía sujetándola de los brazos mientras la ambulancia se alejaba con la sirena abierta.
—¡Dígame si está vivo! —gritó—. ¡Por Dios, dígame si mi hijo está vivo!
El comandante Ramiro Salcedo se acercó.
—Está vivo. Lo llevan al hospital general de Toluca. Recibió una herida profunda en el abdomen, pero salió consciente.
Teresa se llevó las manos a la boca. El aire le volvió al cuerpo como un golpe.
—¿Y ella? —preguntó, mirando a Lorena.
Su nuera seguía en la banqueta, cubierta con una cobija, hablando con voz quebrada ante una agente. Parecía una víctima perfecta. El pelo suelto, el suéter beige manchado, el rostro pálido. Cualquiera habría querido abrazarla.
Pero Teresa vio otra cosa.
Vio que Lorena no miraba hacia la ambulancia.
Miraba hacia la casa, como si le preocupara más lo que los policías pudieran encontrar adentro.
—Ella dice que un hombre entró a robar —explicó Salcedo—. Dice que Julián intentó defenderla y que el agresor lo apuñaló.
—Miente.
Salcedo no respondió de inmediato.
—Su hijo acudió a la Fiscalía hace 3 días.
Teresa parpadeó.
—¿Julián fue con ustedes?
—Trajo documentos, facturas, estados de cuenta, correos impresos. Creía que Lorena y su hermano, Iván Robles, estaban usando la constructora para cobrar remodelaciones falsas y lavar dinero a través de empresas fantasma.