El salón principal del Hotel Imperial Reforma brillaba con torres de champagne, rosas blancas, cubiertos de plata pulida y la música elegante de un cuarteto de cuerdas contratado para hacer que la traición sonara sofisticada. Más de doscientos empresarios, políticos, inversionistas y familias adineradas de Ciudad de México habían asistido a la Gala Fundación Montes-Villarreal, un evento que Valeria había organizado desde cero. Ella eligió la iluminación. Ella eligió el menú. Ella escribió el discurso que Alejandro Villarreal daría en menos de una hora.
Alejandro Villarreal —su prometido, heredero millonario de una poderosa empresa vinícola de Monterrey— debía estar junto a ella esa noche.
Pero en lugar de eso, estaba cerca del gran arco decorado con flores, demasiado pegado a Camila Montes, la hermana menor de Valeria.
El labial rojo de Camila estaba corrido.
El cuello de la camisa de Alejandro estaba desacomodado.
Y ambos tenían esa expresión ensayada de quienes acaban de salir de un lugar donde jamás debieron estar.
Valeria sabía exactamente de dónde venían.
Dieciocho minutos antes los había visto besándose en el pasillo de servicio detrás de la cocina, con Camila contra la pared y Alejandro acariciándole el cabello como si el mundo entero les hubiera dado permiso de destruirla.
Ahora ella estaba en medio de su propia gala benéfica, usando un vestido color marfil elegido por Alejandro, un anillo de diamantes comprado por Alejandro y una sonrisa que ya no podía sostener.
Entonces el desconocido giró ligeramente la cabeza.
Valeria levantó la mirada… y por un segundo olvidó cómo respirar.
Era mayor de lo que esperaba. Tal vez sesenta años. Alto, imponente, de hombros anchos, con las sienes plateadas y una cicatriz atravesándole una ceja como una marca que el pasado se negó a borrar. Su traje negro estaba perfectamente hecho a medida, y su quietud no era educada. Era peligrosa.
No una clase de peligro ruidoso.
No el peligro de un hombre borracho.
Era algo mucho más profundo.
El tipo de presencia que hacía que los hombres poderosos revisaran automáticamente las salidas de emergencia sin saber por qué.
Sus ojos descendieron hasta la mano de Valeria aferrada a su manga.
Ella debió soltarlo.
No lo hizo.
—Lo siento —murmuró, aunque sus dedos se aferraron todavía más—. Sé que esto es una locura. Sé que no lo conozco. Pero el hombre que está junto al arco floral me engaña con mi hermana desde hace ocho meses… y necesito que vea que no voy a romperme frente a él.
La mirada del desconocido pasó por encima de ella.
—¿El de traje azul marino junto a la columna de mármol? —preguntó con voz grave.
—Sí.
—Él me vio entrar antes de darse cuenta de que estabas aquí.
El estómago de Valeria se congeló.
—¿Qué?
—No está celoso todavía —dijo el hombre sin apartar la vista—. Está asustado.
Valeria volteó hacia Alejandro.
Por primera vez en toda la noche, él ya no estaba mirando a Camila. Miraba al hombre junto a Valeria con el rostro completamente pálido.
—¿Quién es usted? —susurró ella.
Entonces el desconocido finalmente la observó de verdad, como si estuviera evaluando qué clase de mujer toma a un extraño en mitad de una gala y le pide un beso para vengarse del hombre que la traicionó.
—Arturo Bellucci —respondió.
El nombre recorrió el salón antes de que Valeria pudiera entenderlo.
Un empresario cerca de la barra bajó lentamente su copa.
Una pareja dejó de hablar junto a la mesa de subasta silenciosa.
Uno de los socios de Alejandro giró tan rápido la cabeza que casi chocó contra un mesero.
Valeria conocía ese nombre… pero solo de la manera en que la gente respetable conoce ciertos nombres: por rumores, advertencias y silencios incómodos.
Arturo Bellucci.
El viejo jefe del crimen organizado en el norte del país. Magnate inmobiliario. Prestamista privado. Multimillonario dueño de hoteles, viñedos y enemigos enterrados en el pasado. Los periódicos lo llamaban “empresario retirado” porque a veces la prensa prefiere fingir que ciertos hombres realmente se retiran.
La mano de Valeria finalmente se aflojó.
Pero Arturo la sostuvo antes de que pudiera apartarse. Giró suavemente su palma hacia arriba, como si estuviera leyendo algo escrito allí, y luego acomodó la mano de ella sobre su brazo.
—Camina conmigo —dijo él.
—Le pedí que me besara.
—Te escuché.
—Pero no ha dicho que sí.
—Tampoco he dicho que no.
Arturo colocó una mano en la parte baja de la espalda de Valeria. No fue un gesto posesivo. Ni teatral. Solo firme, suficiente para sostenerla cuando sentía que el mundo se abría bajo sus pies. Luego comenzó a caminar con ella directamente hacia Alejandro y Camila.
El corazón de Valeria golpeó con fuerza dentro de su pecho.
—¿Qué está haciendo? —susurró ella.
Arturo Bellucci no respondió de inmediato.
Solo siguió caminando con Valeria atravesando el salón mientras cientos de ojos comenzaban a seguirlos en silencio.
El cuarteto de cuerdas seguía tocando.
Pero ahora la música sonaba equivocada.
Tensa.
Como si incluso los músicos hubieran percibido que algo peligroso acababa de entrar al evento.
Alejandro Villarreal tragó saliva cuando Arturo y Valeria se detuvieron frente a él.
Camila fue la primera en fingir una sonrisa.
—Valeria… te estábamos buscando.
Mentira.
Valeria casi soltó una carcajada amarga.
Dieciocho minutos antes, su hermana estaba besando a su prometido contra una pared.
Ahora fingía preocupación.
Arturo observó a Camila apenas un segundo.
Y fue suficiente para hacerla bajar la mirada.
—Alejandro Villarreal —dijo Arturo con voz tranquila—. Ha pasado tiempo.
El color desapareció del rostro de Alejandro.
—Señor Bellucci… no sabía que asistiría esta noche.
Valeria sintió el cambio inmediato.
Alejandro ya no hablaba como un hombre poderoso.
Hablaba como alguien intentando sobrevivir.
Arturo inclinó apenas la cabeza.
—Tu padre sí lo sabía.
Aquella frase golpeó a Alejandro como un disparo silencioso.
Valeria frunció el ceño.
—¿Mi suegro?
Arturo no respondió.
Pero Alejandro sí.
Y cometió el error de hacerlo demasiado rápido.
—No metas a mi familia en esto.
Arturo sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Peligrosa.
—Entonces tal vez no debiste meter a la hija de otra familia en tu cama mientras seguías usando su apellido para cerrar negocios.
El silencio alrededor explotó.
Varias personas dejaron de fingir que no escuchaban.
Camila palideció.
—Eso no es lo que parece—
—Cállate —dijo Valeria sin siquiera mirarla.
Fue la primera vez en años que su hermana obedeció.
Alejandro intentó recuperar el control.
—Valeria, podemos hablar esto en privado.
—¿Privado? —ella soltó una risa vacía—. ¿Como en el pasillo de servicio?
El rostro de Alejandro se endureció.
Lo había descubierto.
Ya no podía negarlo.
Pero entonces ocurrió algo aún peor.
Arturo levantó lentamente una copa de champagne de la bandeja de un mesero que pasaba cerca.
—Tengo curiosidad, Alejandro —dijo calmadamente—. ¿Ella sabe por qué realmente vas a casarte con ella?
Valeria sintió que el cuerpo se le helaba.
—¿Qué significa eso?
Alejandro habló demasiado rápido.
—No lo escuches.
Arturo lo ignoró completamente.
—Tu prometido no está enamorado de ti, Valeria. Está desesperado.
Ella retrocedió un paso.
—¿Desesperado por qué?
Arturo bebió un pequeño sorbo antes de responder.
—Porque la empresa Villarreal está quebrada.
La copa cayó de las manos de Camila y estalló contra el piso de mármol.
Toda la gala quedó en silencio absoluto.
Valeria miró a Alejandro.
Él no negó nada.
Y eso destruyó algo dentro de ella.
—No… —susurró.
Alejandro se acercó rápidamente.
—Escúchame. Yo iba a solucionarlo.
—¿Con mi dinero?
—No era así al principio—
—¿AL PRINCIPIO?
La voz de Valeria resonó por todo el salón.
Las lágrimas finalmente llenaron sus ojos.
—¿Entonces todo esto fue un negocio? ¿La boda? ¿Los planes? ¿La casa? ¿Los hijos que querías tener?
Alejandro apretó la mandíbula.
Y no respondió.
Porque no podía.
Porque Arturo acababa de destruir la mentira frente a todos.