“¡Bésame para que entre en pánico! Quiero que se muera de celos”… Ella creyó que era un desconocido, pero su prometido sabía perfectamente quién era… Y entonces salió a la luz el secreto oculto del jefe mafioso de 60 años.

Valeria sintió que le faltaba el aire.

Durante tres años había amado a ese hombre.

Había construido la fundación.

Había conectado inversionistas.

Había salvado contratos.

Mientras él planeaba usar su apellido, sus contactos y la fortuna de su familia para rescatar su imperio moribundo.

Y Camila lo sabía.

Su propia hermana lo sabía.

Camila intentó acercarse.

—Vale… yo nunca quise lastimarte.

Valeria la miró lentamente.

Y por primera vez en su vida, dejó de verla como una hermana.

—Tú disfrutaste esto.

Camila abrió la boca.

Pero no pudo negarlo.

Porque era verdad.

Siempre había competido con ella.

Desde niñas.

Por atención.

Por ropa.

Por hombres.

Por todo.

Y esta vez quiso ganar destruyéndola.

Entonces Arturo habló nuevamente.

—Esto recién empieza.

Alejandro levantó la mirada bruscamente.

—¿Qué hiciste?

Arturo sacó un sobre negro del interior de su saco.

Y lo dejó sobre la mesa principal de la gala.

—Tu padre me pidió hace seis meses un préstamo de ciento veinte millones de dólares.

Valeria sintió un mareo inmediato.

Varias personas comenzaron a murmurar horrorizadas.

Alejandro cerró los ojos.

Como un hombre que ya sabía lo que venía.

—Firmó usando acciones que no le pertenecían legalmente todavía —continuó Arturo—. Acciones que planeaban transferirse después de tu matrimonio con Valeria Montes.

Valeria dejó de respirar.

No era solo Alejandro.

Toda la familia Villarreal planeaba usarla.

Arturo abrió el sobre lentamente.

Dentro había contratos.

Firmas.

Documentos bancarios.

Y una cláusula marcada en rojo.

En caso de matrimonio, el control parcial de la Fundación Montes quedaría fusionado con los activos Villarreal.

Valeria comenzó a temblar.

—Dios mío…

Alejandro finalmente explotó.

—¡Mi padre hizo esto, no yo!

Arturo lo observó sin emoción.

—Pero tú sedujiste a la mujer para lograrlo.

Alejandro guardó silencio.

Porque nuevamente…

Era verdad.

Valeria sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse.

No solo había perdido al hombre que amaba.

Descubrió que jamás existió.

El salón entero observaba en absoluto silencio mientras ella miraba lentamente el anillo de compromiso en su mano.

El diamante ahora parecía sucio.

Vacío.

Mentiroso.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Valeria… te juro que al final sí me enamoré de ti.

Ella levantó los ojos llenos de lágrimas.

Y aquella frase terminó de destruirla.

Porque quizá era cierta.

Pero llegó demasiado tarde.

Con manos temblorosas, se quitó el anillo.

Y lo dejó caer dentro de la copa de champagne frente a él.

El sonido del diamante golpeando el cristal fue casi insoportablemente silencioso.

—Espero que eso ayude a pagar tus deudas.

Camila soltó una respiración temblorosa.

Alejandro parecía incapaz de moverse.

Pero Arturo…

Arturo seguía observando a Valeria de una manera extraña.

No como un hombre mirando un espectáculo.

Sino como alguien recordando algo perdido hace mucho tiempo.

Entonces uno de los asistentes de Arturo se acercó rápidamente y susurró algo en su oído.

Y por primera vez en toda la noche…

El rostro de Arturo cambió.

Valeria lo notó.

Fue mínimo.

Pero suficiente.

Preocupación.

Arturo se giró inmediatamente.

—La fiesta terminó para mí.

Pero antes de irse, miró a Valeria.

—Ven conmigo.

Ella parpadeó confundida.

—¿Qué?

—No deberías quedarte aquí.

Alejandro reaccionó de inmediato.

—Ella no irá contigo.

Arturo lo miró lentamente.

Y la temperatura del salón pareció bajar diez grados.

—No te corresponde decidir eso nunca más.

Valeria no entendía por qué…

pero terminó siguiéndolo.

Quizá porque ya no tenía nada.

Quizá porque quedarse significaba romperse frente a todos.

O quizá porque Arturo Bellucci era el único hombre en toda la noche que no le había mentido.

La lluvia caía intensamente sobre Paseo de la Reforma cuando el automóvil negro avanzó por la ciudad.

Valeria permanecía en silencio.

Arturo también.

Hasta que finalmente ella habló.

—¿Por qué me ayudó?

Arturo observó la lluvia tras la ventana.

—Porque odio a los hombres que usan a las mujeres buenas como herramientas.

—Eso no responde mi pregunta.

Él sonrió apenas.

—Eres inteligente.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Qué relación tiene usted con Alejandro?

Arturo tardó unos segundos en responder.

—Su familia me debe mucho dinero.

—Eso tampoco es toda la verdad.

Arturo giró lentamente hacia ella.

Y por primera vez…

pareció cansado.

Muy cansado.

—Conocí a tu madre hace treinta y cinco años.

El corazón de Valeria se detuvo.

—¿Qué?

—Antes de que se casara con tu padre.

Valeria sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Cómo conocía a mi madre?

Arturo guardó silencio unos segundos.

Luego respondió suavemente:

—Porque fui el gran amor de su vida.

El mundo entero pareció detenerse.

Valeria lo miró sin poder respirar.

—No…

Arturo sacó lentamente una fotografía antigua de su cartera.

La imagen mostraba a una joven idéntica a Valeria sonriendo junto a un Arturo mucho más joven.

Ella sintió que las manos comenzaban a temblarle.

—Mi madre nunca habló de usted.

—Lo sé.

—Entonces… ¿por qué me está mostrando esto?

Arturo la observó largamente.

Y finalmente dijo la verdad que cambió todo.

—Porque existe una posibilidad de que tú seas mi hija.

Valeria sintió que el aire desaparecía completamente del interior del automóvil.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

—Eso es imposible…

Pero en el fondo…

por primera vez en su vida…

recordó algo extraño.

Los ojos.

Toda su vida la gente dijo que sus ojos no se parecían a los de la familia Montes.

Eran demasiado oscuros.

Demasiado intensos.

Exactamente iguales a los de Arturo Bellucci.

Ella comenzó a llorar en silencio.

Y Arturo, el hombre que aterrorizaba empresarios, políticos y criminales…

simplemente le ofreció un pañuelo con manos temblorosas.

Porque en ese momento ya no parecía un mafioso.

Solo parecía un hombre aterrado de haber encontrado demasiado tarde a la única persona que realmente podía llamarlo padre.

FIN.