PARTE 1
—Si no puede probar quién es el padre, señora, Servicios Sociales tendrá que intervenir.
Valeria Ríos sintió que esas palabras le quemaban más que la fiebre de su bebé.
Llevaba a Emiliano pegado al pecho, envuelto en una cobija azul empapada por la lluvia de Guadalajara. El niño tenía 8 meses, la carita roja, los labios resecos y una respiración tan débil que Valeria ya no escuchaba nada más que ese pequeño sonido.
Había llegado corriendo al Hospital San Gabriel, con los tenis mojados, el cabello pegado al rostro y una bolsa de pañales vieja colgada del hombro.
—Mi hijo necesita un doctor —dijo, casi sin voz.
La recepcionista de urgencias, Clara Beltrán, no se movió con prisa. Miró primero la ropa de Valeria, después la bolsa barata, después su mano sin anillo.
—Nombre del padre.
Valeria tragó saliva.
—No está.
—No pregunté si está. Pregunté su nombre.
El doctor Óscar Lara apareció detrás de una cortina con el ceño serio.
—¿Cuánto tiene con fiebre?
—Desde la tarde. Pensé que eran los dientes, pero subió a 40.
El doctor tomó al niño con cuidado y llamó a dos enfermeras.
—Sala pediátrica 3. Ahora.
Valeria quiso seguirlos, pero Clara le cerró el paso con una tabla de registro.
—Sin datos completos no podemos dejar el expediente así.
—Mi hijo se puede morir.
—Y el hospital necesita saber quién responde por él.
Varias personas en la sala voltearon. Una señora murmuró algo. Un hombre la miró con lástima. Valeria sintió la humillación atravesarle la espalda.
Durante 15 meses había escondido la verdad.
Había cambiado de departamento 2 veces. Había dejado de usar tarjetas. Había borrado contactos. Había aprendido a vivir sin mirar mucho por las ventanas.
Todo por mantener a Emiliano lejos de Mateo Santillán.
Mateo no era un hombre cualquiera. En Jalisco todos conocían su apellido. Oficialmente era dueño de empresas de transporte, seguridad privada y construcción. Extraoficialmente, nadie quería pronunciar lo que realmente controlaba.
Valeria había sido su esposa durante 3 años.
Lo había amado.
Y también le había tenido miedo a todo lo que lo rodeaba.
—Padre desconocido, entonces —dijo Clara, con una sonrisa seca.
Valeria levantó la mirada.
—No.
—Entonces diga el nombre.
El doctor salió de la sala pediátrica.
—Necesito historial médico familiar. Hay rigidez en el cuello, fiebre alta y respuesta inflamatoria. Vamos a tratarlo como posible meningitis hasta descartar.
Valeria sintió que el piso desaparecía.
—¿Meningitis?
—Necesito saber si hay enfermedades hereditarias del lado del padre.
Clara cruzó los brazos.
—Parece que la señora no sabe a quién llamar.
Valeria la miró.
En ese segundo entendió que su orgullo ya no importaba.
Su miedo tampoco.
Sacó el celular con la mano temblando y marcó a su antigua abogada. Cinco minutos después recibió un número.
Lo miró como si fuera una puerta cerrada desde hacía más de 1 año.