Con una mano movía una olla de sopa de fideo que hervía demasiado fuerte.
Con la otra cargaba a Mateo, su hermanito de 9 meses, pegado a su pecho.
El bebé tenía la cara roja de tanto llorar y chupaba desesperado la esquina de una cobijita sucia.
Sofía tenía el cabello pegado a la frente, los ojos hundidos y los labios secos.
No parecía una niña.
Parecía una señora chiquita, agotada, asustada, haciendo algo que nunca debió tocarle.
La flama estaba altísima.
La sopa salpicaba cerca de sus dedos.
—¡Sofía! ¡¿Qué demonios haces ahí?! —gritó Martín.
La niña se espantó.
La silla se movió.
Por un segundo, su pie quedó en el aire y el bebé se le resbaló del brazo.
Martín alcanzó a sujetarlos antes de que cayeran contra la estufa encendida.
Pero cuando Sofía levantó la cara y dijo, sin llorar:
—Perdón, papi… quería tener lista la cena antes de que mamá volviera a encerrarse…
Martín entendió que lo peor no estaba en la cocina.
Estaba detrás de una puerta cerrada, esperando explotar. . . . . . . . . . . . . . . .
PARTE 2
Martín apagó la estufa de golpe.
El olor a gas, sopa quemada y pañal sucio llenó la cocina.
Mateo empezó a llorar más fuerte en sus brazos, como si por fin sintiera que alguien adulto estaba ahí.
Pero Sofía no lloró.
Ni un gemido.
Ni una lágrima.
Solo se bajó de la silla con cuidado y acomodó el trapito del bebé como si ese fuera su trabajo de todos los días.