PARTE 1
En una vecindad vieja de Nezahualcóyotl, donde las paredes sudaban humedad y los vecinos sabían más de la vida ajena que de la propia, Martín Ramírez estaba convencido de ser un buen padre.
Tenía 39 años, trabajaba como cargador en el mercado de La Merced y salía de casa antes de que amaneciera.
Regresaba siempre con la espalda molida, las uñas negras de tierra y el humor hecho trizas.
Para él, cumplir era llevar dinero.
Pagar la renta.
Comprar pañales.
Dejar frijol, arroz, tortillas y algo de pollo cuando alcanzaba.
Cada vez que su esposa, Rocío, le decía que estaba cansada, él soltaba lo mismo:
—Cansados estamos todos, mujer. Échale ganas.
No lo decía con crueldad, según él.
Lo decía porque así le habían enseñado los hombres de su familia: callarse, aguantar, trabajar y no andar “haciendo drama”.
Pero esa noche de jueves, cuando regresó a las 10:37, algo se sintió raro desde la entrada.
La puerta no tenía seguro.
La sala estaba oscura.
No sonaba la televisión, no olía a comida recién hecha, no se escuchaba la voz de Rocío regañando al bebé ni a Sofía cantando mientras jugaba.
Martín dejó su mochila en el suelo.
—¿Rocío? ¿Sofía?
Nadie respondió.
Solo oyó un golpecito metálico desde la cocina.
Primero pensó que se había metido una rata.
Luego vio una luz naranja parpadeando debajo del marco.
Caminó rápido, con el corazón apretado.
Al llegar, la escena lo dejó helado.
Su hija Sofía, de apenas 7 años, estaba parada sobre una silla de plástico, inclinada hacia la estufa.