No me quedaba nada.
A los treinta y cuatro años, apenas llevaba cuatro meses viuda. Mi esposo, Daniel , falleció sin previo aviso, llevándose consigo no solo a mi compañero, sino también la frágil estabilidad que tanto nos había costado construir. Trabajaba sin descanso, pero lo que ganábamos apenas nos alcanzaba para sobrevivir.
Cuando se fue… todo se derrumbó.