PARTE 2: Laura intentó agarrar la pierna de Mateo.
—Por favor, no seas impulsivo. Fue un malentendido. Tu papá exagera. Tu mamá también. Ya sabes cómo son los viejitos, se confunden.
Mateo dio un paso atrás.
—No vuelvas a hablar de ellos así.
Doña Mireya, que hasta hacía unos minutos se reía desde el porche, cambió el tono.
—Mijo, cálmate. Tú no sabes todo. Ernesto nos dijo que esta casa era de él. Nos dijo que tú solo mandabas algo de ayuda porque te sentías culpable.
Mateo la miró. —Yo compré esta casa de contado.
Laura tragó saliva.
—Ernesto nos prometió que iba a ponerla a nuestro nombre.
—Entonces Ernesto también les mintió a ustedes.
El celular de Laura volvió a sonar. Esta vez era una llamada. En la pantalla apareció: Ernesto.
Ella contestó con la mano temblorosa.
—¡Haz algo! —gritó—. Tu hermano está aquí. Congeló todo. Dice que la casa es suya.
Mateo extendió la mano. —Ponlo en altavoz.
Laura dudó.