Todos se burlaron del millonario en silla de ruedas, hasta que la hija de la conserje se acercó y le susurró su mayor secreto.

Mateo levantó la barbilla de inmediato, a la defensiva. —¿Nos conocemos de algún lado?

—No, para nada. Mi mamá es la que limpia tus oficinas en el corporativo. Es Doña Carmelita. Ella siempre dice que tú eres el único de los jefes de traje que la saluda mirándola a los ojos.

Esa neta, tan simple y directa, lo desarmó por completo. Más que cualquier mirada de lástima que hubiera recibido en los últimos meses.

—Espero que Doña Carmelita no te haya contado mis peores defectos —respondió él, soltando un poco la tensión de sus hombros.

Valeria soltó una carcajada ligera y contagiosa.
—Me contó que últimamente andas demasiado deprimido como para portarte arrogante con los demás.

Él soltó una media sonrisa, la primera verdaderamente sincera que asomaba en su rostro en muchísimas semanas.

Se quedaron platicando un buen rato observando la pista de baile. Ella le contó que ayudaba en eventos comunitarios y que daba clases como voluntaria de baile inclusivo en un proyecto de barrio allá por Iztapalapa.

Hablaba con una ligereza hermosa, pero su mirada llegaba profundo. No medía a Mateo por la silla de ruedas, ni tampoco le importaba cuántos ceros tenía su chequera.

—¿Por qué me estás viendo de esa forma? —le preguntó Mateo de pronto, sintiéndose vulnerable bajo su mirada.
—Porque te estás hundiendo en vida, y tú solito te estás dejando caer.

Mateo soltó una risa llena de amargura y dolor.
—Ya ni siquiera puedo sostenerme de pie, mucho menos evitar hundirme.

Fue ahí cuando Valeria dijo la frase que cambió por completo la energía del lugar:
—Tú no puedes bailar como ellos, es cierto. Pero aún puedes bailar. Baila conmigo. Yo puedo curar tu pierna.

Mateo bajó los ojos hacia las llantas de su silla, sintiendo el pánico asomarse.
—Toda esta gente se nos va a quedar viendo para burlarse.

Valeria simplemente se encogió de hombros, restándole importancia.
—Ellos ya te están viendo, güey. Por primera vez en meses, dales un motivo que valga la pena para que te miren.

Ella le extendió la mano con firmeza.

Del otro lado del salón, Rodrigo, el primo de Mateo y socio minoritario de la empresa, ya murmuraba con 2 directores, visiblemente asqueado por la escena. Un guardia de seguridad incluso dio un paso hacia ellos, listo para intervenir.

Mateo miró fijamente la mano de Valeria. Luego miró a todo el salón lleno de hipócritas, y finalmente, miró a su propia vergüenza de frente.

Y cuando al fin colocó su mano sobre la de ella, Valeria jaló su silla con fuerza directo hacia el centro de la pista, bajo la mirada de todos.

Pero al día siguiente, el infierno corporativo se desató sin piedad. Los blogs de chismes y las redes sociales amanecieron inundados con fotos de ellos 2.

Titulares crueles y amarillistas decoraban el internet: “Millonario lisiado es usado por la hija de su conserje en descarada jugada trepadora”.

El celular de Mateo vibró sobre la mesa de cristal. Era un único mensaje de texto de Valeria que le heló la sangre:

“No me busques nunca más. Rodrigo acaba de destruir a mi familia en el trabajo, y juró que si te acercas a nosotras, tú serás el siguiente en perderlo todo…”

PARTE 2

El silencio en el pecho de Mateo fue tan fuerte que casi le quita la respiración.