PARTE 1
—Si esa vieja no come, mejor… así deja de estorbar más rápido.
Mariana se quedó inmóvil detrás de la puerta de la cocina, con el trapo húmedo apretado entre las manos. La voz de Camila Aranda había sonado baja, casi elegante, pero sus palabras eran tan crueles que parecían ensuciar el aire de aquella mansión en Las Lomas de Chapultepec.
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La casa de la familia Aranda era enorme, blanca, brillante, con pisos de mármol, ventanales de cristal y un jardín tan perfecto que parecía de revista. Desde afuera cualquiera habría pensado que ahí vivía una familia bendecida por la vida. Pero Mariana, que apenas llevaba 3 semanas trabajando como empleada doméstica, ya sabía que dentro de esas paredes no había paz. Había silencio, miedo y una tristeza que se pegaba en la piel.
El dueño de la casa, Santiago Aranda, era un empresario millonario que aparecía en revistas de negocios y desayunos de televisión. Siempre estaba ocupado, siempre con el celular en la mano, siempre entrando y saliendo como si su propia casa fuera un hotel. Su esposa, Camila, era joven, hermosa, elegante, de esas mujeres que sonríen en público como si el mundo les debiera aplausos.
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Y luego estaba doña Consuelo, la madre de Santiago.
Tenía 79 años, el cabello blanco recogido con cuidado y unos ojos oscuros que alguna vez debieron haber sido alegres. Pero cuando Mariana la conoció, la señora parecía una sombra. Estaba tan delgada que el suéter le colgaba de los hombros. Casi no hablaba. Pasaba horas sentada en un sillón de terciopelo verde mirando hacia el jardín, como si esperara que alguien viniera a rescatarla.
Al principio Mariana pensó que era enfermedad. La edad. La tristeza. Pero pronto empezó a ver cosas que no cuadraban.
Los platos de doña Consuelo regresaban casi intactos a la cocina. La sopa apenas tocada. El arroz movido con la cuchara para fingir que había comido. La fruta seca en la orilla del plato. Y sin embargo, cada noche Camila le decía a Santiago con voz dulce:
—Tu mamá comió muy bien hoy, mi amor. Hasta pidió más caldito.
Doña Consuelo bajaba la mirada.
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Santiago asentía cansado, besaba a su madre en la frente y volvía a revisar mensajes.
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Mariana veía todo desde la cocina. Callada. Invisible. Como Camila quería que fuera.
Una mañana, mientras limpiaba la sala, encontró algo que le heló la sangre. Entre los cojines del sillón de doña Consuelo había 3 galletas saladas viejas, quebradas y envueltas en una servilleta. También había un pedazo de bolillo duro, escondido como si fuera un tesoro.
Mariana se quedó mirando aquel pan seco con los ojos llenos de lágrimas.
La anciana no estaba perdiendo el apetito.
La estaban dejando con hambre.
Desde ese día, Mariana empezó a observar con más atención. Vio que Camila guardaba las medicinas en una caja con llave. Vio que, además de las pastillas normales, a veces le daba a doña Consuelo unas gotas transparentes en un vaso de agua.
—Son para que descanse —decía Camila.
Pero después de tomarlas, la señora quedaba dormida por horas, con la boca entreabierta y la mirada perdida.
También vio moretones en sus brazos. Camila decía que la señora se golpeaba sola. Vio sábanas húmedas escondidas en bolsas de plástico. Vio cartas sin abrir tiradas en la basura, cartas dirigidas a doña Consuelo por una hermana que vivía en Puebla. Vio cómo Camila desconectaba el teléfono de la habitación y cancelaba las visitas de una fisioterapeuta.
Poco a poco, Camila estaba borrando a doña Consuelo de la casa.
Un martes, Mariana se atrevió a pelar una guayaba y llevarle unos trozos en un plato pequeño. Doña Consuelo la miró como si le hubieran dado oro.
—Gracias, hija —susurró, con la voz quebrada.
Solo alcanzó a comer 2 pedacitos antes de que Camila apareciera en la puerta.
No gritó. No hizo escándalo. Solo tomó el plato, miró a Mariana de arriba abajo y dijo:
—En esta casa se obedecen mis instrucciones. Una empleada no decide qué come una señora enferma.
Mariana bajó la cabeza, pero por dentro algo se le encendió.
Esa noche, cuando Santiago llegó tarde, Camila volvió a actuar.
—Tu mamá estuvo tranquila. Durmió mucho. Pobrecita, cada día está más confundida.
Doña Consuelo, desde su sillón, intentó levantar una mano.
—Santi…
Camila le apretó el hombro con fuerza.
—No la canses, amor. Ya casi no sabe lo que dice.
Santiago ni siquiera se acercó.
Mariana sintió rabia. Una rabia silenciosa, pesada, que le subía desde el estómago.
Al día siguiente encontró un folleto en el despacho de Santiago: “Residencia Santa Aurelia. Atención especializada para demencia avanzada”. El nombre de doña Consuelo estaba escrito a mano en una esquina.
Mariana entendió el plan.
Camila quería hacer creer que la anciana estaba perdiendo la razón para encerrarla en un lugar donde nadie la escuchara.
Esa misma tarde, doña Consuelo la tomó de la muñeca con una fuerza inesperada.
—No me dejes sola con ella —susurró.
Mariana no pudo responder. Porque en ese instante, desde el pasillo, escuchó el sonido de una llave girando.
Camila acababa de cerrar la habitación de doña Consuelo por fuera.
Y Mariana comprendió que, si seguía callada, esa mujer no iba a llegar viva al final del mes.